I came across a rather witty and interesting essay that a Spanish author wrote and put in a collection of essays squeezed in book entitled "Todos somos fugitivos" (We are all runaways). This one essay revolves around what makes Europe different and unique in terms of local idiosyncrasies. He explores what Europeans talk about in the South, Centre and North of the Old Continent. Since I found this writ neither in Spanish nor any English translation of it on the internet I decided to type the whole work on my blog, first in the original Spanish. The English translation is coming up in a few more days. The first part deals with the South.
Las Tres Europas
José María Gironella
En los últimos cuatro años he realizado una serie de viajes por Europa. Casi siempre la he cruzado de sur a norte - desde España hasta Escandinavia- y he regresado en línea recta o zigzagueando, deteniéndome aquí y allá. He viajado en tren, en barco y por la vía aérea. Es decir, he visto hombres, peces y pájaros, y muchas veces he visto a los hombres desde el mirador que tienen los peces: el agua, y desde el mirador que tienen los pájaros: el aire.
En estos viajes, como es natural. he llevado bien abiertos los cinco sentidos. Los ojos siempre conmigo, los oídos siempre conmigo, el olfato. Y, por supuesto, el espíritu crítico. Mi espíritu crítico que es , todo a la vez, mi condecoración, mi radar y, en la práctica, mi tortura.
El resultado ha sido, creo yo, modesto. La complejidad de la vida es tal que estudiar siempre desierto de las uñas exigiría que centenares de sabios se dedicaran a ello durante años. No pretendo, pues, haber realizado ningún descubrimiento y me propongo trazar en estas líneas un mero apunte impresionista, valiéndome sobre todo de la intuición.
Un hecho me ha saltado a la vista, me ha parecido evidente: en el orden psicológico, no existe una sola Europa sino tres: la Europa del sur o meridional, la Europa central, la Europa nórdica. Son tres franjas horizontales que en el mapa tienen muy difícil delimitación -¿dónde empieza la una y dónde acaba la otra?-, pero sobre las cuales todos estamos más o menos de acuerdo. En efecto, si digo Europa meridional todo el mundo sabe a qué zona geográfica me refiero: a la zona del Mediterráneo, al mundo latino y a l mundo griego... Si digo Europa Central, todo el mundo evoca automáticamente a Suiza, Alemania, Austria, Checoslovaquia, etc. Si digo Europa Nórdica, todo el mundo piensa en Escandinavia, desde Dinamarca hasta el océano Glacial Ártico.
Mi apunte impresionista consistirá en comparar los temas de conversación más persistentes en cada una de estas tres Europas. ¿De qué habla el Sur, la gente del Sur, la gente llamada temperamental, la de la gesticulación exuberante, la de los carros y los barricos, la del polvo y los charcos, la que ha creado expresiones tan pintorescas como "la claridad bien entendida empieza por uno mismo"? ¿De qué habla la gente del Centro, la gente llamada laboriosa y disciplinada, obediente a las autoridades, la gente de los países superpoblados, de los ríos caudalosos, de la ambición, de la gran industria? ¿De qué habla la gente del Norte, la gente de la tierra y el mar helados, del espíritu cívico y el confort, de los cielos mitad luz perpetua mitad noche perpetua?
El tema podría desarrollarse ateniéndose a la Historia de estos países o zonas, a la Política, a al Economía, etc. Conocedor de mis propios límites, he elegido el enfoque de las conversaciones, por ser el más plástico, el más apto para el novelista. ¿De qué se habla comúnmente en cada una de las tres Europas? No olvidemos que el lenguaje, el léxico, es ciento por ciento revelador, lo mismo cuando sirve para expresar lo que se siente como cuando sirve para disimularlo. Confío en que el análisis de lo que se habla en Europa preocupa, de lo que Europa es.
Es sabido que la preocupación básica de nuestro mundo del Sur, meridional, es el tema Hombre, el tema del ser humano, de la persona humana. Los hombres del Sur hablamos constantemente de las mujeres y de los hombres. Y hablamos del Hombre en sus tres dimensiones más a mano: el yo, el tú y el él, y generalmente por este mismo orden. Si podemos, hablamos de nosotros mismos, del YO. SI ello no es posible, hablamos del TÚ, es decir, perforamos la intimidad de nuestro interlocutor, del otro ser con el que estamos hablando, lo interrogamos, si es necesario con crueldad. Cuando el tema se agota, hablamos de alguien que está ausente, de un tercero, de ÉL.
Cuando se llega a un país del Sur, después de una prolongada estancia en países centrales o nórdicos, inmediatamente nos damos cuenta de esto: cada persona nos habla de su YO. Es su más importante tema de conversación."¿Sabes que me he casado?" O bien: "Ahora me dedico a la compraventa de automóviles". A poco que le prestemos atención, esta persona nos sienta a su lado en cualquier lugar y nos cuenta absolutamente todo cuanto le ha ocurrido en nuestra ausencia: éxitos amorosos, financieros, enfermedades, recovecos de su espíritu insatisfecho. Y nos lo cuenta atropelladamente y a una velocidad de vértigo, no sea que de pronto nos levantemos y volvamos a tomar el tren. Sólo al final, transcurrida una hora, o dos o tres, según los casos, inesperadamente exclamará: "¡Bueno, chico, estás muy callado ¿Qué es de tu vida, cómo te ha ido por ahí?" Mingote, el humorista de ABC, publicó un chiste que ilustra perfectamente esta situación. Dos escritores están juntos desde hace muchísimo rato y al cabo el que ha llevado la voz cantante le dice al otro: "¡Bien, ya es hora de que hablemos un poco de tí! ¿Qué te ha parecido mi última novela?"
Preocupación por la persona humana. Sin no hablamos del yo, los meridionales hablamos del tú. Sometemos a nuestro interlocutor de turno a un interrogatorio feroz, digno de un fiscal. A los pocos minutos de haber sido presentados a alguien queremos saber cómo este alguien las gasta por dentro. De dónde es, cómo se llama, qué familia tiene, a qué se dedica, qué tabaco prefiere. Le preguntamos por el número de novias que tuvo, cuáles son sus bienes personales y qué uso hace de ellos. Con increíble astucia aludimos a la construcción de pantanos en nuestro país al objeto de enterarnos, por el cariz de su respuesta, al bando político en que milita. Un francés comentaba: "En Italia no sólo te preguntan dónde has nacido sino por qué"
Y así es, en efecto. A su vez, un griego, infatigable viajero, me advirtió: "Nunca nadie había mostrado tanto interés por el funcionamiento de mi mundo intestinal como los franceses del Sur, du Midi, que conocí en el tren." Los españoles solemos enfocar pronto el tema religioso y le preguntamos a la gente si cree en el misterio de la Encarnación y la opinión personal que les merece el sexto mandamiento. Los nórdicos han advertido esto y dicen de nosotros que andamos por el mundo como sacando radiografías. Por otro lado, en Londres, en Scotland Yard, me informaron de que en los países del Sur la labor de la policía es siempre más fácil que en el Norte porque aquí la gente está enteradísima de la vida y milagros de los vecinos y en cuanto a los agentes interrogan todo sale a relucir.
Preocupación por el Hombre, por el ser humano. Cuando el tema se agota y ya no hablamos ni del Yo ni del Tú, hablamos de un tercero, de Él. La pregunta inicial suele ser: "¿Qué sabes de Fulano de Tal? Hace tiempo que no lo veo". Comienza entonces una vivisección escalofriante del ausente. Se comentan sus gustos, su situación financiera, qué tal anda su matrimonio, cuáles son sus proyectos. "Me ha dicho que..." "Parece ser que..." Querríamos tener su alma para ponerla encima de la mesa, junto a la taza de café. Opinamos sobre esa persona, la juzgamos como si tuviéramos derecho a ello o como si nos perteneciera en algún sentido. "Menudo tipo- exclamamos. Es de cuidado". "O bien: "Es un tío muy salao". A menudo se trata de una persona neutra, que en el fondo no interesa a ninguno de los dos que hablan y a la que éstos en realidad conocen muy poco. Todo son conjeturas. La cuestión es disponer de un hombre cuyo espíritu poder perforar. A menudo, el comentario se extiende a toda la familia de este hombre. Decimos: "Y te advierto que toda la familia es igual". O bien: "¿Ves? En cambio su hermano es un caso completamente distinto" Es un caso. Un caso quiere decir que es un hombre.
Creo que todo esto es bastante cierto. Y de ahí que la palabra hombre sea la piedra angular de las conversaciones del Sur. Continuamente la empleamos: "Pues claro que sí, hombre..." "¡Hombre, no faltaría más!" Incluso las mujeres, a menudo, al dirigirse a otra mujer la llaman hombre: "Sí, hombre, sí- dicen-. Puedes estar tranquila"
Tal vez en España lleguemos a esto al máximo. Unamuno escribió: "Hablo de mi porque soy el hombre que tengo más a la mano". Un verso castellano, anónimo, dice: "Hablo de tí porque eres yo"; y las muchachas cuando se refieren al hombre que un día amarán y que todavía no ha aparecido lo llaman ya Él. De hecho, los españoles proyectamos sobre el hombre cualquier tema que tratemos. Si hablamos del tiempo es para comentar su influencia sobre nuestro humor o para hacerlo responsable de nuestro dolor de cabeza o de nuestra cólera. Mucha gente sólo lee de los periódicos lo que hace referencia al hombre: los sucesos, los ecos de sociedad, las esquelas mortuorias. Sin darme cuenta, yo mismo titulé mi primer libro "Un Hombre". Durante la guerra, los oficiales raramente decían: "he perdido tantos soldados", sino que decían: "He perdido tantos hombres". Por otra parte, poetizar consiste para nosotros en humanizar metafóricamente lo que nos rodea. Las estrellas nos parecen ojos, los troncos de árbol, hombres de pie, y las hojas, pies o manos. Las algas marinas nos parecen cabelleras y las llamas de las chimeneas no nos sugieren diablillos, como a los ingleses, sino mujeres danzando. En el famoso "Huerto del Cura", de Elche, hay una serie de palmeras bautizadas con nombres de hombres y en otro lugar un puente que se llama "Puente de la hermosa mujer".
Esta preocupación meridional por el hombre se manifiesta de mil modos distintos. Las carreras universitarias que en el Sur más han atraíso siempre han sido la Medicina y el Derecho: ejerciéndolas, el hombre interrogará a otros hombres, para curarlos, para juzgarlos o defenderlos. Hasta una época reciente, han interesado en mucho menor grado la Física, la Química y mas Matemáticas. En las competiciones deportivas, mejor que conseguir una marca aceptable lo que interesa es vencer a otro hombre, al rival. "Le he dado pa' el pelo"- decimos- y algo que parecido nos ocurre con la muerte. La incineración de cadáveres. el convertir en cenizas nuestro cuerpo, nos repugna. Nuestro cristianismo nos dice que dicho cuerpo se convertirá en tierra, en polvo, pero inmediatamente nos propone y promete el misterio de la Resurrección de la Carne; y es obvio que no conseguimos imaginarnos el cielo con sólo espíritus, sin la presencia viva y temblorosa de las personas que amamos. Muchos cirujanos del Sur afirman que generalmente les cuesta obtener el permiso familiar para hacerles la autopsia a los muertos: los parientes quieren preservar intacto aquel cuerpo que se les va. Y un neuróligo de Nápoles ha escrito que en los manicomios italianos es raro que los locos imaginen ser algo más que hombres: que imaginen ser el Sol, o el invierno o un instrumento musical. Generalmente imaginan ser algo humano, pero subliminado, gigantesco: un famoso inventor, un hombre muy rico, propietario de minas de oro, un hombre muy guapo que conquista a todas la mujeres o simplemente esto: un gigante. Por otra parte, la escultura griega y romanan consistió en esto: en la exaltación de la figura del hombre, en perpetuar la facha de éste por medio de material noble y resistente.
En política, seguimos al hombre y no a la idea. Si el hombre que dirige nos defrauda, nos defrauda el sistema que este hombre encarnaba. En el Sur abunda la gente que deja de practicar la religión y hasta de creer en Dios porque un día en el confesionario fueron objeto de un par de preguntas insolentes. En el Sur cultivamos la apariencia y en nuestros pueblos y ciudades hay más barberías que librerías.
Ser guapo o ser feo resulta aquí importante. "¡Pobre chica!- decimos- ¡Qué fea es! No se casará." Aunque posea un caudal de hermosas cualidades nos tememos que no se casará. Una de las fórmulas más admirativas de nuestro lenguaje es:"Es un tipo con toda la barba" El pelo y el vello como signos de la masculinidad. Un miliciano al que preguntaron por qué había matado al notario de su pueblo contestó: "Por feo."
Las consecuencias de esta actitud son múltiples. En primer lugar, los meridionales hablamos mucho. ¡Hay tantos hombres a quienes juzgar! Callar es la peor tortura para el hombre del Sur, una de cuyas leyendas imagina que el Infierno es el lugar del gran Silencio. Aquí se habla en los trenes, en los cafés, ¡en los mercados!, en los teatros y en el cine, en la calle, a cuarenta grados de calor. Hablan los albañiles en los andamios- y si no pueden hablar, cantan- ¡y hablan los bañistas en el agua! Se habla en las iglesias y en los entierros y si en una terturlia se producen diez segundos de silencio la tirantez de la atmósfera se vuelve asfixiante. Las expresiones que aluden a la lengua son innumerables: "Se ha ido de la lengua, calla la boca, ¡quien calla otorga! "Alguien escribió que en los países meridionales, los mudos se sentían mucho más desgraciados que los mudos en los países nórdicos.
Otra consecuencia de vital importancia, es que olvidamos las demás especies. Lo que no sea hablar del hombre nos aburre. Excepto entre campesinos, o entre especialistas obligados a ello por su profesión, raramente los meridionales hablamos de animales, de plantas o de minerales. Ignoramos a los animales y en muchos casos, los despreciamos. Los gatos y los pájaros huyen cuando nos acercamos a ellos y entre nosotros hacer algo malo es hacer "una perrería". Hay un cuento del norte de Rusia en que el autor, para castigar a los animales, los envía a países del Sur. Los meridionales ignoramos los nombres de los árboles, de las plantas, de las flores. Y la contemplación de la naturaleza nos fatiga a los pocos minutos. Inclusos los alpinistas, al llegar a la cumbre de la montaña, lo que hacen es respirar hondo y ponerse a charlar; a hablar de los conocidos que se quedaron en la ciudad. "Basta ya de puesta de sol, ¿no te parece?" En cuanto a los minerales, no existen para nosotros. Las piedras son sólo piedras, piedras y nada más, y si alguien nos dice que a lo mejor también tienen su vida interior, que al pronto desconocemos, soltamos la carcajada. En toda la prensa humorística del Sur hasta hace poco se ha ridiculizado a los astrónomos. Ahora, gracias a los sputniks, a la balística sideral, empiezan a inspirar respeto. ¡Bueno, nos aburren los objetos, nuestros objetos, excepto si emocionalmente podemos relacionarlos con una persona! Ello es una de las causas por las cuales nuestros hogares suelen ser tan poco acogedores. También nos aburren las ideas abstractas, los juegos del pensamiento, porque el pensamiento es algo que no se puede palpar. España, en este sentido, es también arquetipo. España ha dado escasísimos filósofos- ninguno genial- y en cambio muchos pintores retratistas, muchos imagineros y talladores de la madera y del hierro. Es decir, ha dado muchas manos que han sabido palpar.
¿Cuáles son las causas de que el hombre meridional sea así y no de otra manera? Tantas como las arenas del mar. La exuberante mímica de los habitantes de Roma parece tener su origen en las antiguas pantomimas italianas. La evidente vulgaridad de la raza en algunos sectores del sur de Francia- en el Rosellón, por ejemplo- generalmente se atribuye al abuso del vino tinto. Es decir, para cada faceta de cada población cabría encontrar un antecedente. Sin embargo, hemos de buscar algún denominador común y se me ocurren cuatro:
Primero; el Hombre del Mediterráneo pesó tanto en la Historia, que le quedan aún resabios de orgullo y de pundonor.El hombre del Mediterráneo fue el primero en los juegos, en la guerra, en la filosofía y el Derecho, y siente todavía la vanidad de ser Hombre.
Segundo: la situación económica que atraviesa desde hace siglos, la pobreza. Ello le lleva a vigilar atenta y crispadamente al vecino, pues éste puede ganarle las oposiciones o apoderarse del mejor sitio para mendigar. El hombre está, en el Sur, siempre presente. Es el competidor, el que puede robarnos el pan. Ello atrofia nuestra necesidad de defensa y estimula los reflejos de la envidia, de los celos y de la crítica sin piedad. "Aquí el que no corre, vuela", es frase corriente. "Quien pega primero, pega dos veces." Por otra parte, la pobreza significa vivienda pobre y la vivienda pobre significa amontonamiento, promiscuidad. "Vivir en cuevas" Es la ley del Sur. El hombre - el pariente o el vecino- siempre presentes. Hay muchas casas del Sur- incluso de gente adinerada- que por dentro son cuevas. Ocho seres amontonados en una cocina no pueden hacer más que observarse, como en las cárceles. Además, el que no dispone de otro bien que el de la persona, sólo de personas puede hablar.
En tercer lugar, influye el clima. El clima benigno contribuye en gran medida a la presencia primordial del hombre. El clima del Sur invita a la vida callejera y a la plática, a la tertulia en la terraza y en el café. El hombre se acostumbra a hablar, a conversar con otros hombres. Se crea el hábito y se pierde el interés por la vida solitaria, por coleccionar pipar o por leer al amor de la lumbre. Además el clima del Sur invita a la pereza. En el Sur el trabajo es considerado un castigo, primero porque la esclavitud nos ha herido muy de cerca y luego porque nos obliga a prestar atención a cosas que nos aburren. El que no trabaja es, en el Sur, un vivo; en cambio en el Norte es considerado un muerto, un parásito. En el Sur se ha trabajado tanto por tan poco dinero que no trabajar es, todavía, darse la gran vida; y para las criadas andaluzas es gran señora la que se levanta de la cama a la hora de almuerzo.
He dejado para el final la causalidad religiosa, el catolicismo. Ignoro si es la causa más importante, tal vez lo sea. El catolicismo, por supuesto, late en la base de la sobrevaloración del hombre, pues no deja de insistir en que "el hombre es el REY de la creación". Sólo el hombre tiene alma racional- no la tienen ni los perros, ni las plantas, ni los astros-; el hombre es, pues, no ya lo más importante sino lo único importante."¿Para qué apegarte a las cosas de este mundo si al final lo habrás de dejar?" Los meridionales llevamos esta pregunta en la sangre; aunque hay que reconocer que el paganismo griego llegó, por otros caminos, a conclusiones similares. El catolicismo, en la aplicación práctica que de él hemos hecho, somete la creación entera al hombre. Los animales han de servirlo, y entre nosotros hay todavía pueblos en los cuales los perros que no sirven ni para la caza ni para la vigilancia son ahorcados en un árbol. En la Biblia el pecado es una serpiente y en el Evangelio se sacrifican los corderos y se maldice a una higuera; de todo lo cual hemos sacado exageradas conclusiones. La existencia en nosotros de una entidad eterna, llamada alma, nos lleva a desestimar el resto, relegándolo a un plano exageradamente inferior. Olvidando que el símbolo del Espíritu Santo es una paloma. Que Jesús entró en Jerusalén montado en un pollino. Y que Cristo murió en una cruz hecha con la madera de un árbol.
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