Third and final part of Gironella's Las Tres Europas. Of North, Wind and Whatnot.
Por último , llegamos al Norte, a Escandinavia. Otro cambio radical, otra mutación radical en la escala de valores. Dinamarca ya es otro mundo: el mundo del frío, de la socialización, de las mujeres esbeltas.
Naturalmente, la franja nórdica es varia y multiforme. Suecia es muy distinta de Dinamarca, de Noruega y de Finlandia. Suecia es la nación rica y un poco libertina; su papel es comparable al que representa Francia en el enclave de naciones latinas. Pero no queda más remedio que generalizar y buscar el denominador común nórdico, que sin duda alguna existe.
En el norte de Europa, el tema Hombre desaparece como motivo principal de conversación, asfixiado por el tema del trabajo y por el tema de la naturaleza. En Escandinavia no se habla del YO- ¡qué difícil es arrancar una confidencia!-, no se habla del TÚ- se eluden las preguntas de índole personal-, no se habla de ÉL- no se juzga a los ausentes-. Se habla poco del hombre inmediato incluso como ente colectivo. La socialización es tal que muchos de los problemas individuales y comunitarios están ya resueltos por la máquina administrativa. En cierto modo, el hombre queda minimizado, sepultado por la violencia de los fenómenos atmosféricos. Uno de los libros de Lagerkvist se titula "El Enano" y el más popular de los libros de Selma Lagerlöf representa a un niño que se convierte en un liliputiense.
La verdad es que los nórdicos hablan poco. La gente es allí solitaria y meditabunda. No siente nuestra necesidad de expansión. Me asombraba ver en las salas de té a las personas beber ceremoniosamente, sin entablar diálogo. Incluso los novios se pasan mucho rato uno al lado del otro, cogidos de la mano y sin hablarse. Las reuniones en las casas no tienen por objeto "el charlar". Se escucha música, se mira televisión, o se como y se bebe entre prolongados silencios. No, la palabra hablada juega un papel secundario entre los nórdicos y tal vez por este motivo sus idiomas corren el peligro de anquilosarse.
En todo caso, hablan del trabajo, de la profesión. Les interesa mucho la técnica moderna y cuanto con ella se relaciona. Les interesa el comfort, y el funcionalismo, quién sabe si para demostrarse a sí mismos que son capaces de vencer los elementos que los acosan. Por otra parte, no estiman que el trabajo sea un castigo, sino un deber espontáneo que ha de llenar buena porción de la vida. Ahora bien, las naciones nórdicas no están superpobladas, como las de Centroeuropa, de modo que en ellas la competencia industrial y comercial es menor, y a resultado de ello son también menores el forcejeo y la ambición. En el Norte, la palabra "prosperar" se usa poco, pues abundan las personas y los clanes familiares que han alcanzado el límite natural de sus posibilidades.
Por supuesto, los nórdicos hablan de la Naturaleza. La Naturaleza ocupa allá un gran palco, es el Amigo y el Enemigo, y sus latidos dañan, pero son el estímulo vital. En el Norte existe la llamada noche eterna- unos cuantos meses con escasísimas horas de luz- y el mar y los lagos están helados. Yo he hecho en barco la travesía Estocolmo-Turku, es decir, de la capital sueca a la costa finlandesa, una noche de luna llena, perforando el mar helado, cuyos bloques al romperse atemorizan al mundo, a la luna y a mi cerebro. Y algo parecido ocurre sobre la tierra. En invierno, metros de nieve lo cubren todo, el viento silba, en los puertos los barcos quedan apricionados y a su alrededor, donde en verano hay agua, los niños patinan y juegan al fútbol. Es natural que allá se hable de la Naturaleza. El hombre es el enano, el liliputiense. En medio del fragor o del súbito silencio, surgen los espectros de Ibsen, se oye la música de Sibelius y de Grieg. Y Lavrans, personaje de Sigrid Undset, habla de la vida de los animales del bosque, de los renos, del mundo fantástico que vive en aquellos lugares.
Todo ello trae consigo que los nórdicos se sientan habitantes de un mundo aparte, lejano, un poco como los isleños. Por eso hablan tan amenudo de los pueblos no nórdicos, de los países situados más al Sur, y de América y de Asia. Saben mucha geografía. Gavinet nos cita el ejemplo de una muchacha nórdica que, al enterarse de que el escritor era andaluz, le preguntó: "¿De la Andalucía Alta o de la Baja?" Hablan de otros países y miran el Sur con una mezcla de ácida resignación y de nostalgia. Y los sábados se van al barracón de madera que poseen junto al lago y allá se callan, pensando en el viento que silba, en el sol que no ven, tal vez en algún deseo imperioso que los persigue desde la infancia y que nunca pudieron satisfacer.
La naturaleza y el clima hace que las plantas y las flores apasionen todavía más a los nórdicos que a los centroeuropeos. En efecto, puesto que la nieve lo cubre todo, no les queda más remedio que convertir las casas en jardines, que llevarse el jardín al interior del hogar. Puede decirse que hay amas de casa que se gastan un tercio del presupuesto cotidiano en la compra de plantas y flores. ¡Y cómo les hablan! Las piropean más que en Centroeuropa. "Eres nuestra alegría", les dicen. "Crece, por favor, crece que te necesitamos", "Oh, planta verde, estás a mi lado, acompañándome." De ahí que en Escandinavia haya tantas floristerías como cafeterías en el Sur. Incluso las oficinas públicas, oficiales, incluso los bancos, están abarrotados de plantas que trepan hasta el techo, que caracolean entre los números y las máquinas de calcular.
En cuanto a los animales, creo yo que a los nórdicos les producen asombro. Los aman, pero con una mezcla de asombro. Y es que en el Norte una amplia lista de especies zoológicas han sido barridas por las temperaturas. por el barómetro que marca trece o dieciocho grados bajo cero. Los nórdicos contemplan a los perros, a las ardillas, a los pájaros, a los gatos, que apenas salen de casa- con frecuencia se les ve en los escaparates, quietos como un objeto-, como a los prodigios de supervivencia; y, desde luego, con gratitud. Les agradecen que no hayan emigrado en busca de climas más amables. Los pasean con una cadena de hierro o de cuero y con otra cadena espiritual, afectiva. Los libros sobre animales se venden con profusión y los colores de las mariposas convierten los ojos de los hombres en pequeños arco iris. Cuando de las montañas septentrionales baja una familia de lapones con su rebaño de renos, todo el mundo se conmueve y se agita.
El clima trae también consigo que los nórdicos hablen de deporte ¡y que lo practiquen! Hay que acostumbrarse al frío, a darle la batalla. Los niños se lanzan por las pendientes nevadas con pedazos de madera pegados a las rodillas. Se habla de ski y de atletismo en general. Todo el mundo se sabe de memoria las marcas conseguidas por los atletas, y en las escuelas primarias los chiquillos andan ya con cronómetros en los bolsillos. En las pistas de entrenamiento es frecuente ver, al atardecer, después del trabajo, al abuelo, al padre y a l nieto dando vueltas y más vuelta en procesión singular. El día que un atleta nórdico bate un récord nacional es manteado triunfalmente en el estadio, y el día en que lo bate a nivel europeo o mundial, en el país correspondiente los festejos son apoteósicos. Al corredor Nurmi, un héroe finlandés, le erigieron en en Estadio Olímpico una estátua digna de Miguel Ángel.
El deporte, la raza y un sistema de vida y de alimentación bastante racional hace que los cuerpos de los nórdicos sean fuertes y que el culto al cuerpo ocupe también una parte de las conversaciones. Por lo demás, el alma parece preocupar poco a los nórdicos; aunque en Finlandia, por ejemplo, la Semana Santa se celebra con mucho más rigor y mucha más austeridad que en nuestros países del Sur, y aunque a lo largo del año sus habitantes, luteranos, dediquen cuatro fiestas enteras a la purificación, todo cerrado, incluso los espectáculos. A pesar de ésto, repito, en la vida cotidiana los nórdicos hablan rara vez del más allá. La característica religiosa es, en las conversaciones, la indiferencia. Tanta, que a veces produce escalofríos. La idea de Dios se les pierde en una bruma panteística, lejana, lo mismo que las ideas de premio y castigo eternos. "Sólo algunos de nuestros actos durarán más que nuestra carne." El cuerpo es lo esencial, la salud, y por eso cuidan de él como los ascetas cuidan del alma y como el sol calienta la tierra. Los nórdicos no se confiesan, se bañan. Y las ceremonias de sus baños, en las llamadas saunas, se parecen a nuestros ritos religiosos. Los nórdicos, en vez de santiguarse o de arrodillarse brazos en cruz, estimulan la circulación de la sangre golpeándose la piel con ramas de abedul.
De nuestros países del Sur tienen una visión muy vaga. Nosotros somos los latinos, y la latinidad para ellos es sol, anarquía y catolicismo. Les asombra que tratemos de modo clandestino el tema de la sexualidad. Para ellos, el jadeo de los sexos en un fenómeno tan automático y natural como el del hambre o el del amor propio. Quieren acabar cuanto antes con el misterio. Por ello, en los colegios los maestros dan explicaciones en la pizarra, y de ahí que, sobre todo en Dinamarca y en Suecia, los quioscos y las librerías estén increíblemente abarrotados de revistas en color dedicadas al nudismo y a su secuela de imágenes. Hay grandes especialistas en la materia, a veces con descaro, a veces utilizando como medio de expresión la fotografía artística.
Ahora bien, precisamente por estar el desahogo tan al alcance de la mano, los nórdicos, en sus conversaciones, se dedican poco al tema sexual. Apenas si hablan de él. En cambio, hablan gustosos del alcohol. La dureza del clima los invita a beber. Sin embargo, debido a los impuestos, ello es prohibitivo para muchos. Entonces se consuelan bebiendo menjunjes fuertes, ¡bebiendo hasta nogalina! Los brindis son , en las reuniones, constantes, largos y monótonos. ¡Y qué borracheras! Borracheras mudas, pero de ningún modo inofensivas, pues ignoro el porqué los nórdicos resisten mal el alcohol, pierden fácilmente el porte, la cordura y asoman a su rostro atávicos rasgos de brutalidad e incluso de salvajismo. Cuando esto ocurre, puede suceder en el Norte cualquier cosa. El hombre educado puede convertirse en un truhán, y la mujer serena puede rebajarse hasta lo más abyecto. Mi recuerdo de las borracheras nórdicas es un recuerdo violento y tristón, comparable al recuerdo que posaron de mi ánimo algunas cervecerías de Munich.
Ahora bien, cuando llega la primavera, las borracheras alcohólicas disminuyen. Y es que, en ese momento exacto, todo se transforma en el Norte. Con la primavera llega el deshielo- en muy pocos días se funde la nieve- y con el deshielo se produce en la latitud el milagro de la reaparición. Reaparecen los árboles, las fuentes, el verde.Todo un mundo casi olvidado, sepultado desde el otoño anterior, resucita. Emergen lagos, huertas acequias y, ¡oh, prodigio!, un sol sangriento les da la bienvenida. Reaparecen barcas, estatuas, parques infantiles con cotos de arena y toboganes y una muñeca de trapo que en octubre se había quedado allí sentada en un columpio. Todo se convierte en fiesta, ¡resucita el corazón! Entonces los nórdicos rompen a hablar y hasta a cantar. Y se ponen casquetes en la cabeza y los estudiantes se lanzan en tromba a la calle. Entonces los nórdicos, lo repito, ¡hablan! Aunque de pronto los gana el estupor y vuelven a quedarse mudos de admiración y muchos de ellos se van a los cementerios, que son como jardines en el centro de las ciudades y se sientan en los bancos, delante de las tumbas, mientras los novios se miran a los ojos, las manos cogidas y estremecidas por la solemnidad del aire.
En este súbito estallido de la primavera en el Norte hay algo que pertenece al orden mágico, una mezcla de lo real y lo fantástico, que recuerda la prosa de Selma Lagerlöf. Lo real son las cosas; lo fantástico, inasible, es la luz. Los nórdicos aprehender la luz y no lo consiguen. La luz resbala sobre sus rostros, derramándose, penetra en sus hogares y alcobas, pero no se deja aprisionar. Inevitablemente acaba huyendo hacia el Sur, hacia los países del pelo negro, de la anarquía y del catolicismo.
Los nórdicos leen, leen mucho. Dialogan con el libro. En muchas casas hay atril y los ojos recorren lentamente la página como llevando el compás. El libro les habla y ellos escuchan, en el hogar caliente y confortable. Todas las preguntas que su timidez han encarcelado en el fondo de su espíritu se exhuman y se liberan ante el libro. Los nórdicos les hablan a los libros como les hablan a las plantas. "No es cierto- dijo Hamsun-que seamos silenciosos. Lo que ocurre es que hablamos sin emplear la voz, intercambiando pensamientos."
Los nórdicos escuchan música, la escuchan en cantidad, dejan que la música les hable. Hablar para ellos no es necesariamente la palabra, es también el sonido. Los negros discos giran y giran alrededor de su eje mientras hombres y mujeres fuman embriagándose de acordes, de armonía. Les gustan los compositores que emplean los cuernos de caza, el clarinete y, en ocasiones, la trompetería militar. Les gustan los coros, los orfeones. Que hablen cincuenta, cien voces masculinas y femeninas a la vez, que hablen en una sola dirección. Entonces callan y escuchan, fumando, mientras los hijos, fuera, practican el atletismo, y el abuelo, en su cuarto, se entretiene con su colección de cajas de cerillas o revelando fotografías.
¿Por qué los nórdicos son así y no de otra manera?
Porque el viento y sus duendes así lo han dispuesto.
No comments:
Post a Comment