Friday, 6 September 2013

Las Tres Europas (Parte 2)

I now present the second part of the essay by José Maria Gironella. This time, he words out his views on the peoples in Central Europe.


   Llegados a la Europa Central o Europa intermedia-en la franja incluimos a Inglaterra, a Holanda y a Bélgica-, el espectáculo cambia radicalmente. Sólo en algunos sectores de la Alemania de posguerra se oyen voces como de sargento que está dando órdenes, habla en voz alta como en el Sur.  En el resto de la franja, lo corriente  es la conversación plácida, en tono menor, excepto cuando el alcohol  anda por el medio. En todo normal, la gente  dialoga sin prisa y no sufre por callarse, al tiempo que los ojos de las personas expresan  menos inquietud que los nuestros.  Y es que han cambiado la geografía y el clima. La naturaleza es en esa región mucho más dura y con el tiempo ha creado otros reflejos.

   En la franja Central de Europa, el tema Hombre no es tan importante como entre las gentes del Sur. Por  supuesto, se habla menos del Yo. El caudal de confidencias es mucho menor. Existe una suerte de pudor, a veces exagerado, a hablar de uno mismo. El centroeuropeo estima que en principio, lo propio, lo personal, no puede interesar a los demás, por lo que, en su interior, va creándose un repertorio de intimidades que acaba considerando sagradas, inviolables.  Es decir, lo personal se convierte en estrictamente personal. Este repertorio  es amplio y suele abarcar desde las enfermedades y buen número de funciones fisiológicas hasta problemas mínimos de índole espiritual. Un holandés o un checo nos dice su nombre y apellidos y la edad que tiene, e inmediatamente siente deseos de añadir: "Perdone, usted, estoy hablando demasiado de mí." Se pretende guardar las distancias, establecer zonas de completa independencia, aún a riesgo de deshumanizar.
   También se habla menos del TÚ. En consecuencia lógica de lo anteriormente expuesto. "No hacer preguntas personales" es consejo o ley que figura en los manuales. "Quien pregunta, hiere"; he ahí un expresivo refrán húngaro. Los centroeuropeos son mucho más tímidos que la gente del Sur y a menudo se comportan como si vivieran en un claustro. Hay mil anécdotas reveladoras de esta timidez, generalmente atribuida a los ingleses. Muchas de ellas responden a una realidad. Por otra parte, dicha característica no obedece sólo a una actitud de respeto. Es que tampoco interesa gran cosa la intimidad ajena. El campo absorbente de la atención es otro, no se centra, como entre nosotros, en lo específicamente humano. Ello despierta núcleos de resistencia, debido a los cuales la frase "somos íntimos amigos", que en el Sur empleamos con facilidad, es allí rara avis, excepcional. El TÚ es en Centroeuropa tratamiento más distante. En el idioma inglés sólo de tutea a Dios, y ya en Francia el tuteo es poco frecuente. Ortega escribió que el diálogo español, mejor que diálogo es "un bombardeo de monólogos." Podría añadirse que, en toda Europa Meridional es, además  un test que cada persona hace a su interlocutor.  En Centroeuropa el diálogo es más bien una invitación a cotejar sin prisa unos cuantos puntos de vista.
   Naturalmente, se habla menos de ÉL. Ello obedece a una innata repugnancia a juzgar al prójimo. Hablar de una persona ausente obliga, de hecho, a juzgarla. Nuestro tono de voz al aludir a esta persona es ya , en cierto modo, un juicio. Si a continuación la describimos, la juzgamos. Si decimos de ella que es tenaz, o atractiva, o prudente, la estamos juzgando; y lo mismo si decimos lo contrario. Los centroeuropeos no se consideran capacitados para ello. Estiman temerario  sentar tantas afirmaciones al cabo del día.  Se diría que son más conscientes de que la vida es compleja y de que el ser y la actitud  de cada hombre es a menudo el fruto de causas lejanas e ignoradas, muchas veces, de causas biológicas o de genealogía. En Centroeuropa nació Freud y probablemente no fue por azar.

   Ahora bien, puesto que el hombre existe y precisamente estas regiones están por lo común superpobladas, forzoso es hablar del hombre en algún sentido... Claro que sí. Y lo hacen. Me ha parecido observar que a los centroeuropeos les gusta hablar del hombre genérico, del ente, de la persona no individualizada; y por supuesto, del hombre colectivo, de la comunidad...Ésto les interesa. Les gusta hablar del propio país, de otros países, de la situación de los pueblos y de su estado de desarrollo. Interés en lo colectivo, que los lleva a interesarse en la política y en Suiza, por paradoja, se habla mucho de cuestiones militares, así como en Bélgica excitan el interés el tema de la monarquía y el tema colonial. Ahora bien, no es corriente personalizar como en el Sur y por ello, excepto en Alemania, el fracaso de un gobernante no implica en la mente de los ciudadanos el fracaso del sistema de gobierno que aquél representa- En Inglaterra un rey puede abdicar porque se enamora y en Holanda la reina puede ser gordísima sin que por ello las masas reclamen la República. Centroeuropa habla de política , discute la jugada y por eso generalmente el sangriento enlace que los del Sur, lo mismo que en las Repúblicas Sudamericanas, le damos a esta cuestión , los deja perplejos.  Los deja perplejos... y sin ganas de hablar.  Digo yo que si la mitad nórdica de Francia no fuera ya psicológicamente centroeuropea, en las últimas crisis nuestros vecinos hubieran ya desembocado en una guerra civil.
   Bueno, los centroeuropeos hablan mucho de su trabajo, de su profesión. Trabajo...¡Enigmática palabra! Los centroeuropeos se transforman al pronunciarla. Es su orgullo y condecoración. Y si la persona con la que hablan es un maestro en la materia, la admiración se moviliza como reflejo condicionado. Por otra parte, el número de mujeres que en Centroeuropa trabajan y no meramente en empleos subalternos, carentes de responsabilidad, es muy crecido. Mujeres-médicos, mujeres-abogados, mujeres-delineantes, etc. Ello establece una paridad, en virtud de la cual en las reuniones pueden tratarse asuntos profesionales in que se produzca como aquí la automática división de sexos.
   Naturalmente, ello los lleva de la mano a hablar minuciosamente de los productos de este trabajo, de lo que con éste se obtiene. Y ahí entroncamos con el interés por las cosas, por los objetos y los materiales  que los componen, en virtud de los cuales enlazan con el mundo vegetal y con el mundo mineral. Los centroeuropeos saben cuán difícil es fabricar un buen mechero o una fiel máquina fotográfica. Respetan el esfuerzo previo que su presencia supone y tratan de ello con sumo e innato respeto. Son capaces de pasarse horas dándole vueltas a cualquier objeto recién puesto a la venta, estudiando su secreto y las sorpresas de su mecanismo. Aman la mercancía. Cuando hay guerras, la gente no sólo lamenta las muertes de los hombres, y la destrucción de la riqueza colosal. Lamenta también la destrucción de las pequeñas cosas, de los objetos. Hay una elegía polaca titulada: "Han matado mi silla."
   También hablan, ¡hasta qué punto!, de los animales. Nutridas sociedades de protección  y espléndidos parques zoológicos. Se trata a los animales con ternura. No se cuelga de un árbol a los inútiles para el servicio; a los que son útiles se les demuestra gratitud.  Frase corriente es: "los animales también sufren."  Ahí  está. Se prescinde de si tienen o no alma; se sabe de que sufren- se les nota en los ojos- y eso basta. En Alemania advertí el inmenso agradecimiento que los investigadores médicos sienten por los cobayos, por los animalitos que utilizan para sus trabajos. "Sin estos ratones, no podríamos hacer nada", dicen los médicos.  Por lo común, los cobayos son animales feos y a menudo desagradables; sin embargo, cada uno en su celda o en su pequeña jaula recibe a diario espontáneas muestras de afecto. Últimamente se habla mucho de los acuarios. La belleza de los acuarios está en alza y los niños centroeuropeos hablan con los peces desde este lado del cristal, como si fueran camaradas, adorables e indefensos camaradas.  El gran pintor de los animales no es meridional, es holandés. Se llamó Paulus Potter y en su especialidad fue maestro de maestros. Los cementerios de perros están situados en la franja central, los perros de San Bernardo son Suizos y la historia del perro de la poetiza Elizabeth Barret la escribió una escritora inglesa: Virginia Woolf. Cierto que un meridional escribió la historia de un borrico llamado Platero, pero inmediatamente le añadió el primer pronombre personal y tituló el libro "Platero y yo". La Fontaine y Samaniego trataron, ¡cómo no! con ternura a los animales; pero lo hicieron por medio de fábulas, para sacar de éstas moralejas para el hombre. También el santo de los animales fue meridional, San Francisco de Asís, pero su inmenso amor por ellos se produjo probablemente por reacción contra el medio italiano en que se movía. Si en Prusia o en Viena un hombre hubiera dicho "hermano lobo" no hubiera causado tanta estupefacción.

  Los centroeuropeos hablan menos que nosotros y, por lo tanto, son más contemplativos, dedican más horas a contemplar. Les interesa la naturaleza, les interesa las plantas y las flores. Ya en Centroeuropa- en el Norte, en Escandinavia, mucho más- abundan las amas de casa que durante el día dialogan  con las flores que embellecen su hogar, exactamente , las piropean, con la simpática creencia de que las flores se alegran de ello y crecen más y mejor. En la literatura de Goethe es corriente la interpelación a la naturaleza, el dirigirse a ella como a un igual. "¿Adónde vas, claro arroyuelo, tan alegre?" Quien escribió despectivamente que la naturaleza carece de imaginación fue un poeta francés, Baudelaire. Quien escribió que la naturaleza es un perro que sigue fielmente al hombre, fue otro poeta francés, Victor Hugo. En cambio, quien escribió que la naturaleza no tolera mentiras, fue un filósofo escocés: Carlyle.
  Los centroeuropeos hablan menos que nosotros del pasado- se revelan contra la excesiva nostalgia- y también hablan menos del futuro. Hacen menos proyectos, actitud que no comparto en absoluto, pues en verdad hacer proyectos es una de las posibilidades más fecundas que el hombre tiene al alcance de la mano. Hablan más del presente, del momento en que se vive, de lo inmediato. De ahí su mayor capacidad de concentración y de ahí que los especialistas de la franja central se apliquen al microscopio con más tenacidad que en el Sur. También son menos fatalistas que nosotros. Nuestras expresiones, por lo demás tan corrientes: "Pasando la triste vida", "Ya no estoy para estos trotes", actúan sobre ellos de revulsivo. Quieren luchar y mantenerse erguidos hasta el final y de ahí esos autocares repletos de setentones que en verano cruzan el mundo en busca de oxígeno mental, de satisfacción de la curiosidad. En Centroeuropa el metabolismo es más estable, más regular. En las revistas humorísticas, el número de historietas mudas es igual, sino superior, al número de historietas dialogadas.  Hay que admitir que, por lo común, sus conversaciones son menos brillantes que las nuestras, menos rápidas. Pero tampoco saltan de un tema a otro sin conexión ni desvirtúan tan fácilmente la realidad.  Ellos reconocen nuestra superioridad en este terreno: "Ustedes saben conversar", nos dicen. ¡Cómo no! Nuestro aprendizaje ha sido largo... pero lo cierto es que  lo dicen con sincera admiración y que escuchándonos gozan y paladean nuestras incomparables carambolas verbales. Ahora bien, si el trato se mantiene, si se prolonga, acaban dándose cuenta de que pueden perfectamente prescindir de este goce, vivir sin conversar.  Lo mismo nos ocurre a nosotros con respecto a su capacidad de trabajo. Nosotros exclamamos, admirados: "¡Hay que ver cómo ha resucitado Alemania!", sin que nuestra exclamación  implique el menor deseo de imitarlos, de doblar el espinazo como los alemanes lo han doblado.

  ¿Qué ocurre en Centroeuropa? Pues a veces ocurre que la dureza del vivir cotidiano- a mi entender, hay un punto de exageración  en su dedicación al trabajo y en su obsesión por lo que se llama "aprovechar el tiempo"- unida a la dureza del clima, periódicamente desquician el sistema nervioso y llevan a la gente a buscarse una evasión. Entonces, la ecuanimidad de que estoy hablando los abandona, huye de aquellas latitudes, y, en consecuencia, pueden oírse las frases más insospechadas. Por ejemplo, las que pronunciaban Hitler y Goebbels. Entonces se beben de un tirón mares de cerveza y ofrecen al mundo espectáculos tan denigrantes como el carnaval de Colonia. Entonces se sienten invadidos por temores supersticiosos y consultan horóscopos y quirománticos de tres al cuatro. Pero, creo yo, en el peor de los casos se trata de descargas del sistema nervioso. Porque es obvio que a poco todo vuelve a su cauce, que vuelven a ser más austeros que nosotros, menos sensuales, incluso en el comer, pues es sabido que los meridionales, en cuanto disponemos de los recursos necesarios, nos entregaos al placer de la mesa con entusiasmo digno de mejor causa.

Bueno, ¿por qué los centroeuropeos son así y no de otra manera? Vida compleja... Repito que el clima y la geografía influyen mucho. El Rin y el Danubio son ríos anchos y profundos. Quien haya nacido en sus orillas no reaccionará, ni ante el agua, ni ante un árbol, ni ante la vida, como un hombre nacido en Grecia, el el pedregal siciliano o en nuestros Monegros.  Se ha observado que los hombres de montaña se parecen entre sí en todas partes y que también se parecen entre sí las gentes de mar. Ello es natural,- el medio, creador de la función, y está, a su vez, del órgano-, como es natural que el catolicismo haya arraigado más donde hay viñedos- se consagra con vino- que donde no lo s hay. Es más fácil pintar acuarelas y creer en brujas donde hay niebla, como en Inglaterra o Galicia, que donde el cielo es transparente. Es más lógico que hablen de gritos quienes viven al aire libre que quienes viven emparedados detrás de doble ventana, pisando alfombras. No se conciben las plazas de toros en los países de nieve y es lógico que fabriquen los relojes los pueblos que estiman que la puntualidad es una virtud.

A decir verdad, me cuesta sumo esfuerzo emplear las palabras humanizado y deshumanidazo. Mucha gente del Sur, más o menos encabezada por Unamuno, dice de las otras razas: "Son menos humanas". Entiendo que hablar así es pasarse de la raya. Decir de un hombre que es inhumano no puede sino ser símbolo. o presuntuosa miopía, pues es humano todo cuanto un hombre haga. Es humano ser cuerdo, pero también lo es estar loco. Es humano ser generoso, pero también lo es ser cruel. Simplemente, en Centroeuropa viven y gastan, o malgastan, su ración de humanidad de otra manera.  Los caños que menan son otros porque otro es el manantial.  Hablan menos y trabajan más y es posible que tengan menos gracia. Pero ellos se sienten a gusto viviendo así, y aunque parezca lo contrario, estadísticas en mano resulta que son escasísimos los hombres centroeuropeos que abandonan su morada y se instalan en el Sur. Lo que ocurre es que nosotros, los meridionales, allí nos sentimos desplazados, entre tanta grúa y tanta niebla y tanta seriedad. "¡No poder robar bombillas en el tren!", "¡No poder pegarles a los amigos manotazos en la espalda!", "¡Coronar una aventura amorosa y no poder tutea!" Nos sentimos desplazados. Un albañil oriundo de Teruel me dijo, en el puerto de Hamburgo: "Desengáñate catalán... Esa gente va siempre en manadas, pero se aburre más que la una".


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