Third and final part of Gironella's Las Tres Europas. Of North, Wind and Whatnot.
Por último , llegamos al Norte, a Escandinavia. Otro cambio radical, otra mutación radical en la escala de valores. Dinamarca ya es otro mundo: el mundo del frío, de la socialización, de las mujeres esbeltas.
Naturalmente, la franja nórdica es varia y multiforme. Suecia es muy distinta de Dinamarca, de Noruega y de Finlandia. Suecia es la nación rica y un poco libertina; su papel es comparable al que representa Francia en el enclave de naciones latinas. Pero no queda más remedio que generalizar y buscar el denominador común nórdico, que sin duda alguna existe.
En el norte de Europa, el tema Hombre desaparece como motivo principal de conversación, asfixiado por el tema del trabajo y por el tema de la naturaleza. En Escandinavia no se habla del YO- ¡qué difícil es arrancar una confidencia!-, no se habla del TÚ- se eluden las preguntas de índole personal-, no se habla de ÉL- no se juzga a los ausentes-. Se habla poco del hombre inmediato incluso como ente colectivo. La socialización es tal que muchos de los problemas individuales y comunitarios están ya resueltos por la máquina administrativa. En cierto modo, el hombre queda minimizado, sepultado por la violencia de los fenómenos atmosféricos. Uno de los libros de Lagerkvist se titula "El Enano" y el más popular de los libros de Selma Lagerlöf representa a un niño que se convierte en un liliputiense.
La verdad es que los nórdicos hablan poco. La gente es allí solitaria y meditabunda. No siente nuestra necesidad de expansión. Me asombraba ver en las salas de té a las personas beber ceremoniosamente, sin entablar diálogo. Incluso los novios se pasan mucho rato uno al lado del otro, cogidos de la mano y sin hablarse. Las reuniones en las casas no tienen por objeto "el charlar". Se escucha música, se mira televisión, o se como y se bebe entre prolongados silencios. No, la palabra hablada juega un papel secundario entre los nórdicos y tal vez por este motivo sus idiomas corren el peligro de anquilosarse.
En todo caso, hablan del trabajo, de la profesión. Les interesa mucho la técnica moderna y cuanto con ella se relaciona. Les interesa el comfort, y el funcionalismo, quién sabe si para demostrarse a sí mismos que son capaces de vencer los elementos que los acosan. Por otra parte, no estiman que el trabajo sea un castigo, sino un deber espontáneo que ha de llenar buena porción de la vida. Ahora bien, las naciones nórdicas no están superpobladas, como las de Centroeuropa, de modo que en ellas la competencia industrial y comercial es menor, y a resultado de ello son también menores el forcejeo y la ambición. En el Norte, la palabra "prosperar" se usa poco, pues abundan las personas y los clanes familiares que han alcanzado el límite natural de sus posibilidades.
Por supuesto, los nórdicos hablan de la Naturaleza. La Naturaleza ocupa allá un gran palco, es el Amigo y el Enemigo, y sus latidos dañan, pero son el estímulo vital. En el Norte existe la llamada noche eterna- unos cuantos meses con escasísimas horas de luz- y el mar y los lagos están helados. Yo he hecho en barco la travesía Estocolmo-Turku, es decir, de la capital sueca a la costa finlandesa, una noche de luna llena, perforando el mar helado, cuyos bloques al romperse atemorizan al mundo, a la luna y a mi cerebro. Y algo parecido ocurre sobre la tierra. En invierno, metros de nieve lo cubren todo, el viento silba, en los puertos los barcos quedan apricionados y a su alrededor, donde en verano hay agua, los niños patinan y juegan al fútbol. Es natural que allá se hable de la Naturaleza. El hombre es el enano, el liliputiense. En medio del fragor o del súbito silencio, surgen los espectros de Ibsen, se oye la música de Sibelius y de Grieg. Y Lavrans, personaje de Sigrid Undset, habla de la vida de los animales del bosque, de los renos, del mundo fantástico que vive en aquellos lugares.
Todo ello trae consigo que los nórdicos se sientan habitantes de un mundo aparte, lejano, un poco como los isleños. Por eso hablan tan amenudo de los pueblos no nórdicos, de los países situados más al Sur, y de América y de Asia. Saben mucha geografía. Gavinet nos cita el ejemplo de una muchacha nórdica que, al enterarse de que el escritor era andaluz, le preguntó: "¿De la Andalucía Alta o de la Baja?" Hablan de otros países y miran el Sur con una mezcla de ácida resignación y de nostalgia. Y los sábados se van al barracón de madera que poseen junto al lago y allá se callan, pensando en el viento que silba, en el sol que no ven, tal vez en algún deseo imperioso que los persigue desde la infancia y que nunca pudieron satisfacer.
La naturaleza y el clima hace que las plantas y las flores apasionen todavía más a los nórdicos que a los centroeuropeos. En efecto, puesto que la nieve lo cubre todo, no les queda más remedio que convertir las casas en jardines, que llevarse el jardín al interior del hogar. Puede decirse que hay amas de casa que se gastan un tercio del presupuesto cotidiano en la compra de plantas y flores. ¡Y cómo les hablan! Las piropean más que en Centroeuropa. "Eres nuestra alegría", les dicen. "Crece, por favor, crece que te necesitamos", "Oh, planta verde, estás a mi lado, acompañándome." De ahí que en Escandinavia haya tantas floristerías como cafeterías en el Sur. Incluso las oficinas públicas, oficiales, incluso los bancos, están abarrotados de plantas que trepan hasta el techo, que caracolean entre los números y las máquinas de calcular.
En cuanto a los animales, creo yo que a los nórdicos les producen asombro. Los aman, pero con una mezcla de asombro. Y es que en el Norte una amplia lista de especies zoológicas han sido barridas por las temperaturas. por el barómetro que marca trece o dieciocho grados bajo cero. Los nórdicos contemplan a los perros, a las ardillas, a los pájaros, a los gatos, que apenas salen de casa- con frecuencia se les ve en los escaparates, quietos como un objeto-, como a los prodigios de supervivencia; y, desde luego, con gratitud. Les agradecen que no hayan emigrado en busca de climas más amables. Los pasean con una cadena de hierro o de cuero y con otra cadena espiritual, afectiva. Los libros sobre animales se venden con profusión y los colores de las mariposas convierten los ojos de los hombres en pequeños arco iris. Cuando de las montañas septentrionales baja una familia de lapones con su rebaño de renos, todo el mundo se conmueve y se agita.
El clima trae también consigo que los nórdicos hablen de deporte ¡y que lo practiquen! Hay que acostumbrarse al frío, a darle la batalla. Los niños se lanzan por las pendientes nevadas con pedazos de madera pegados a las rodillas. Se habla de ski y de atletismo en general. Todo el mundo se sabe de memoria las marcas conseguidas por los atletas, y en las escuelas primarias los chiquillos andan ya con cronómetros en los bolsillos. En las pistas de entrenamiento es frecuente ver, al atardecer, después del trabajo, al abuelo, al padre y a l nieto dando vueltas y más vuelta en procesión singular. El día que un atleta nórdico bate un récord nacional es manteado triunfalmente en el estadio, y el día en que lo bate a nivel europeo o mundial, en el país correspondiente los festejos son apoteósicos. Al corredor Nurmi, un héroe finlandés, le erigieron en en Estadio Olímpico una estátua digna de Miguel Ángel.
El deporte, la raza y un sistema de vida y de alimentación bastante racional hace que los cuerpos de los nórdicos sean fuertes y que el culto al cuerpo ocupe también una parte de las conversaciones. Por lo demás, el alma parece preocupar poco a los nórdicos; aunque en Finlandia, por ejemplo, la Semana Santa se celebra con mucho más rigor y mucha más austeridad que en nuestros países del Sur, y aunque a lo largo del año sus habitantes, luteranos, dediquen cuatro fiestas enteras a la purificación, todo cerrado, incluso los espectáculos. A pesar de ésto, repito, en la vida cotidiana los nórdicos hablan rara vez del más allá. La característica religiosa es, en las conversaciones, la indiferencia. Tanta, que a veces produce escalofríos. La idea de Dios se les pierde en una bruma panteística, lejana, lo mismo que las ideas de premio y castigo eternos. "Sólo algunos de nuestros actos durarán más que nuestra carne." El cuerpo es lo esencial, la salud, y por eso cuidan de él como los ascetas cuidan del alma y como el sol calienta la tierra. Los nórdicos no se confiesan, se bañan. Y las ceremonias de sus baños, en las llamadas saunas, se parecen a nuestros ritos religiosos. Los nórdicos, en vez de santiguarse o de arrodillarse brazos en cruz, estimulan la circulación de la sangre golpeándose la piel con ramas de abedul.
De nuestros países del Sur tienen una visión muy vaga. Nosotros somos los latinos, y la latinidad para ellos es sol, anarquía y catolicismo. Les asombra que tratemos de modo clandestino el tema de la sexualidad. Para ellos, el jadeo de los sexos en un fenómeno tan automático y natural como el del hambre o el del amor propio. Quieren acabar cuanto antes con el misterio. Por ello, en los colegios los maestros dan explicaciones en la pizarra, y de ahí que, sobre todo en Dinamarca y en Suecia, los quioscos y las librerías estén increíblemente abarrotados de revistas en color dedicadas al nudismo y a su secuela de imágenes. Hay grandes especialistas en la materia, a veces con descaro, a veces utilizando como medio de expresión la fotografía artística.
Ahora bien, precisamente por estar el desahogo tan al alcance de la mano, los nórdicos, en sus conversaciones, se dedican poco al tema sexual. Apenas si hablan de él. En cambio, hablan gustosos del alcohol. La dureza del clima los invita a beber. Sin embargo, debido a los impuestos, ello es prohibitivo para muchos. Entonces se consuelan bebiendo menjunjes fuertes, ¡bebiendo hasta nogalina! Los brindis son , en las reuniones, constantes, largos y monótonos. ¡Y qué borracheras! Borracheras mudas, pero de ningún modo inofensivas, pues ignoro el porqué los nórdicos resisten mal el alcohol, pierden fácilmente el porte, la cordura y asoman a su rostro atávicos rasgos de brutalidad e incluso de salvajismo. Cuando esto ocurre, puede suceder en el Norte cualquier cosa. El hombre educado puede convertirse en un truhán, y la mujer serena puede rebajarse hasta lo más abyecto. Mi recuerdo de las borracheras nórdicas es un recuerdo violento y tristón, comparable al recuerdo que posaron de mi ánimo algunas cervecerías de Munich.
Ahora bien, cuando llega la primavera, las borracheras alcohólicas disminuyen. Y es que, en ese momento exacto, todo se transforma en el Norte. Con la primavera llega el deshielo- en muy pocos días se funde la nieve- y con el deshielo se produce en la latitud el milagro de la reaparición. Reaparecen los árboles, las fuentes, el verde.Todo un mundo casi olvidado, sepultado desde el otoño anterior, resucita. Emergen lagos, huertas acequias y, ¡oh, prodigio!, un sol sangriento les da la bienvenida. Reaparecen barcas, estatuas, parques infantiles con cotos de arena y toboganes y una muñeca de trapo que en octubre se había quedado allí sentada en un columpio. Todo se convierte en fiesta, ¡resucita el corazón! Entonces los nórdicos rompen a hablar y hasta a cantar. Y se ponen casquetes en la cabeza y los estudiantes se lanzan en tromba a la calle. Entonces los nórdicos, lo repito, ¡hablan! Aunque de pronto los gana el estupor y vuelven a quedarse mudos de admiración y muchos de ellos se van a los cementerios, que son como jardines en el centro de las ciudades y se sientan en los bancos, delante de las tumbas, mientras los novios se miran a los ojos, las manos cogidas y estremecidas por la solemnidad del aire.
En este súbito estallido de la primavera en el Norte hay algo que pertenece al orden mágico, una mezcla de lo real y lo fantástico, que recuerda la prosa de Selma Lagerlöf. Lo real son las cosas; lo fantástico, inasible, es la luz. Los nórdicos aprehender la luz y no lo consiguen. La luz resbala sobre sus rostros, derramándose, penetra en sus hogares y alcobas, pero no se deja aprisionar. Inevitablemente acaba huyendo hacia el Sur, hacia los países del pelo negro, de la anarquía y del catolicismo.
Los nórdicos leen, leen mucho. Dialogan con el libro. En muchas casas hay atril y los ojos recorren lentamente la página como llevando el compás. El libro les habla y ellos escuchan, en el hogar caliente y confortable. Todas las preguntas que su timidez han encarcelado en el fondo de su espíritu se exhuman y se liberan ante el libro. Los nórdicos les hablan a los libros como les hablan a las plantas. "No es cierto- dijo Hamsun-que seamos silenciosos. Lo que ocurre es que hablamos sin emplear la voz, intercambiando pensamientos."
Los nórdicos escuchan música, la escuchan en cantidad, dejan que la música les hable. Hablar para ellos no es necesariamente la palabra, es también el sonido. Los negros discos giran y giran alrededor de su eje mientras hombres y mujeres fuman embriagándose de acordes, de armonía. Les gustan los compositores que emplean los cuernos de caza, el clarinete y, en ocasiones, la trompetería militar. Les gustan los coros, los orfeones. Que hablen cincuenta, cien voces masculinas y femeninas a la vez, que hablen en una sola dirección. Entonces callan y escuchan, fumando, mientras los hijos, fuera, practican el atletismo, y el abuelo, en su cuarto, se entretiene con su colección de cajas de cerillas o revelando fotografías.
¿Por qué los nórdicos son así y no de otra manera?
Porque el viento y sus duendes así lo han dispuesto.
Saturday, 7 September 2013
Friday, 6 September 2013
Las Tres Europas (Parte 2)
I now present the second part of the essay by José Maria Gironella. This time, he words out his views on the peoples in Central Europe.
Llegados a la Europa Central o Europa intermedia-en la franja incluimos a Inglaterra, a Holanda y a Bélgica-, el espectáculo cambia radicalmente. Sólo en algunos sectores de la Alemania de posguerra se oyen voces como de sargento que está dando órdenes, habla en voz alta como en el Sur. En el resto de la franja, lo corriente es la conversación plácida, en tono menor, excepto cuando el alcohol anda por el medio. En todo normal, la gente dialoga sin prisa y no sufre por callarse, al tiempo que los ojos de las personas expresan menos inquietud que los nuestros. Y es que han cambiado la geografía y el clima. La naturaleza es en esa región mucho más dura y con el tiempo ha creado otros reflejos.
En la franja Central de Europa, el tema Hombre no es tan importante como entre las gentes del Sur. Por supuesto, se habla menos del Yo. El caudal de confidencias es mucho menor. Existe una suerte de pudor, a veces exagerado, a hablar de uno mismo. El centroeuropeo estima que en principio, lo propio, lo personal, no puede interesar a los demás, por lo que, en su interior, va creándose un repertorio de intimidades que acaba considerando sagradas, inviolables. Es decir, lo personal se convierte en estrictamente personal. Este repertorio es amplio y suele abarcar desde las enfermedades y buen número de funciones fisiológicas hasta problemas mínimos de índole espiritual. Un holandés o un checo nos dice su nombre y apellidos y la edad que tiene, e inmediatamente siente deseos de añadir: "Perdone, usted, estoy hablando demasiado de mí." Se pretende guardar las distancias, establecer zonas de completa independencia, aún a riesgo de deshumanizar.
También se habla menos del TÚ. En consecuencia lógica de lo anteriormente expuesto. "No hacer preguntas personales" es consejo o ley que figura en los manuales. "Quien pregunta, hiere"; he ahí un expresivo refrán húngaro. Los centroeuropeos son mucho más tímidos que la gente del Sur y a menudo se comportan como si vivieran en un claustro. Hay mil anécdotas reveladoras de esta timidez, generalmente atribuida a los ingleses. Muchas de ellas responden a una realidad. Por otra parte, dicha característica no obedece sólo a una actitud de respeto. Es que tampoco interesa gran cosa la intimidad ajena. El campo absorbente de la atención es otro, no se centra, como entre nosotros, en lo específicamente humano. Ello despierta núcleos de resistencia, debido a los cuales la frase "somos íntimos amigos", que en el Sur empleamos con facilidad, es allí rara avis, excepcional. El TÚ es en Centroeuropa tratamiento más distante. En el idioma inglés sólo de tutea a Dios, y ya en Francia el tuteo es poco frecuente. Ortega escribió que el diálogo español, mejor que diálogo es "un bombardeo de monólogos." Podría añadirse que, en toda Europa Meridional es, además un test que cada persona hace a su interlocutor. En Centroeuropa el diálogo es más bien una invitación a cotejar sin prisa unos cuantos puntos de vista.
Naturalmente, se habla menos de ÉL. Ello obedece a una innata repugnancia a juzgar al prójimo. Hablar de una persona ausente obliga, de hecho, a juzgarla. Nuestro tono de voz al aludir a esta persona es ya , en cierto modo, un juicio. Si a continuación la describimos, la juzgamos. Si decimos de ella que es tenaz, o atractiva, o prudente, la estamos juzgando; y lo mismo si decimos lo contrario. Los centroeuropeos no se consideran capacitados para ello. Estiman temerario sentar tantas afirmaciones al cabo del día. Se diría que son más conscientes de que la vida es compleja y de que el ser y la actitud de cada hombre es a menudo el fruto de causas lejanas e ignoradas, muchas veces, de causas biológicas o de genealogía. En Centroeuropa nació Freud y probablemente no fue por azar.
Ahora bien, puesto que el hombre existe y precisamente estas regiones están por lo común superpobladas, forzoso es hablar del hombre en algún sentido... Claro que sí. Y lo hacen. Me ha parecido observar que a los centroeuropeos les gusta hablar del hombre genérico, del ente, de la persona no individualizada; y por supuesto, del hombre colectivo, de la comunidad...Ésto les interesa. Les gusta hablar del propio país, de otros países, de la situación de los pueblos y de su estado de desarrollo. Interés en lo colectivo, que los lleva a interesarse en la política y en Suiza, por paradoja, se habla mucho de cuestiones militares, así como en Bélgica excitan el interés el tema de la monarquía y el tema colonial. Ahora bien, no es corriente personalizar como en el Sur y por ello, excepto en Alemania, el fracaso de un gobernante no implica en la mente de los ciudadanos el fracaso del sistema de gobierno que aquél representa- En Inglaterra un rey puede abdicar porque se enamora y en Holanda la reina puede ser gordísima sin que por ello las masas reclamen la República. Centroeuropa habla de política , discute la jugada y por eso generalmente el sangriento enlace que los del Sur, lo mismo que en las Repúblicas Sudamericanas, le damos a esta cuestión , los deja perplejos. Los deja perplejos... y sin ganas de hablar. Digo yo que si la mitad nórdica de Francia no fuera ya psicológicamente centroeuropea, en las últimas crisis nuestros vecinos hubieran ya desembocado en una guerra civil.
Bueno, los centroeuropeos hablan mucho de su trabajo, de su profesión. Trabajo...¡Enigmática palabra! Los centroeuropeos se transforman al pronunciarla. Es su orgullo y condecoración. Y si la persona con la que hablan es un maestro en la materia, la admiración se moviliza como reflejo condicionado. Por otra parte, el número de mujeres que en Centroeuropa trabajan y no meramente en empleos subalternos, carentes de responsabilidad, es muy crecido. Mujeres-médicos, mujeres-abogados, mujeres-delineantes, etc. Ello establece una paridad, en virtud de la cual en las reuniones pueden tratarse asuntos profesionales in que se produzca como aquí la automática división de sexos.
Naturalmente, ello los lleva de la mano a hablar minuciosamente de los productos de este trabajo, de lo que con éste se obtiene. Y ahí entroncamos con el interés por las cosas, por los objetos y los materiales que los componen, en virtud de los cuales enlazan con el mundo vegetal y con el mundo mineral. Los centroeuropeos saben cuán difícil es fabricar un buen mechero o una fiel máquina fotográfica. Respetan el esfuerzo previo que su presencia supone y tratan de ello con sumo e innato respeto. Son capaces de pasarse horas dándole vueltas a cualquier objeto recién puesto a la venta, estudiando su secreto y las sorpresas de su mecanismo. Aman la mercancía. Cuando hay guerras, la gente no sólo lamenta las muertes de los hombres, y la destrucción de la riqueza colosal. Lamenta también la destrucción de las pequeñas cosas, de los objetos. Hay una elegía polaca titulada: "Han matado mi silla."
También hablan, ¡hasta qué punto!, de los animales. Nutridas sociedades de protección y espléndidos parques zoológicos. Se trata a los animales con ternura. No se cuelga de un árbol a los inútiles para el servicio; a los que son útiles se les demuestra gratitud. Frase corriente es: "los animales también sufren." Ahí está. Se prescinde de si tienen o no alma; se sabe de que sufren- se les nota en los ojos- y eso basta. En Alemania advertí el inmenso agradecimiento que los investigadores médicos sienten por los cobayos, por los animalitos que utilizan para sus trabajos. "Sin estos ratones, no podríamos hacer nada", dicen los médicos. Por lo común, los cobayos son animales feos y a menudo desagradables; sin embargo, cada uno en su celda o en su pequeña jaula recibe a diario espontáneas muestras de afecto. Últimamente se habla mucho de los acuarios. La belleza de los acuarios está en alza y los niños centroeuropeos hablan con los peces desde este lado del cristal, como si fueran camaradas, adorables e indefensos camaradas. El gran pintor de los animales no es meridional, es holandés. Se llamó Paulus Potter y en su especialidad fue maestro de maestros. Los cementerios de perros están situados en la franja central, los perros de San Bernardo son Suizos y la historia del perro de la poetiza Elizabeth Barret la escribió una escritora inglesa: Virginia Woolf. Cierto que un meridional escribió la historia de un borrico llamado Platero, pero inmediatamente le añadió el primer pronombre personal y tituló el libro "Platero y yo". La Fontaine y Samaniego trataron, ¡cómo no! con ternura a los animales; pero lo hicieron por medio de fábulas, para sacar de éstas moralejas para el hombre. También el santo de los animales fue meridional, San Francisco de Asís, pero su inmenso amor por ellos se produjo probablemente por reacción contra el medio italiano en que se movía. Si en Prusia o en Viena un hombre hubiera dicho "hermano lobo" no hubiera causado tanta estupefacción.
Los centroeuropeos hablan menos que nosotros y, por lo tanto, son más contemplativos, dedican más horas a contemplar. Les interesa la naturaleza, les interesa las plantas y las flores. Ya en Centroeuropa- en el Norte, en Escandinavia, mucho más- abundan las amas de casa que durante el día dialogan con las flores que embellecen su hogar, exactamente , las piropean, con la simpática creencia de que las flores se alegran de ello y crecen más y mejor. En la literatura de Goethe es corriente la interpelación a la naturaleza, el dirigirse a ella como a un igual. "¿Adónde vas, claro arroyuelo, tan alegre?" Quien escribió despectivamente que la naturaleza carece de imaginación fue un poeta francés, Baudelaire. Quien escribió que la naturaleza es un perro que sigue fielmente al hombre, fue otro poeta francés, Victor Hugo. En cambio, quien escribió que la naturaleza no tolera mentiras, fue un filósofo escocés: Carlyle.
Los centroeuropeos hablan menos que nosotros del pasado- se revelan contra la excesiva nostalgia- y también hablan menos del futuro. Hacen menos proyectos, actitud que no comparto en absoluto, pues en verdad hacer proyectos es una de las posibilidades más fecundas que el hombre tiene al alcance de la mano. Hablan más del presente, del momento en que se vive, de lo inmediato. De ahí su mayor capacidad de concentración y de ahí que los especialistas de la franja central se apliquen al microscopio con más tenacidad que en el Sur. También son menos fatalistas que nosotros. Nuestras expresiones, por lo demás tan corrientes: "Pasando la triste vida", "Ya no estoy para estos trotes", actúan sobre ellos de revulsivo. Quieren luchar y mantenerse erguidos hasta el final y de ahí esos autocares repletos de setentones que en verano cruzan el mundo en busca de oxígeno mental, de satisfacción de la curiosidad. En Centroeuropa el metabolismo es más estable, más regular. En las revistas humorísticas, el número de historietas mudas es igual, sino superior, al número de historietas dialogadas. Hay que admitir que, por lo común, sus conversaciones son menos brillantes que las nuestras, menos rápidas. Pero tampoco saltan de un tema a otro sin conexión ni desvirtúan tan fácilmente la realidad. Ellos reconocen nuestra superioridad en este terreno: "Ustedes saben conversar", nos dicen. ¡Cómo no! Nuestro aprendizaje ha sido largo... pero lo cierto es que lo dicen con sincera admiración y que escuchándonos gozan y paladean nuestras incomparables carambolas verbales. Ahora bien, si el trato se mantiene, si se prolonga, acaban dándose cuenta de que pueden perfectamente prescindir de este goce, vivir sin conversar. Lo mismo nos ocurre a nosotros con respecto a su capacidad de trabajo. Nosotros exclamamos, admirados: "¡Hay que ver cómo ha resucitado Alemania!", sin que nuestra exclamación implique el menor deseo de imitarlos, de doblar el espinazo como los alemanes lo han doblado.
¿Qué ocurre en Centroeuropa? Pues a veces ocurre que la dureza del vivir cotidiano- a mi entender, hay un punto de exageración en su dedicación al trabajo y en su obsesión por lo que se llama "aprovechar el tiempo"- unida a la dureza del clima, periódicamente desquician el sistema nervioso y llevan a la gente a buscarse una evasión. Entonces, la ecuanimidad de que estoy hablando los abandona, huye de aquellas latitudes, y, en consecuencia, pueden oírse las frases más insospechadas. Por ejemplo, las que pronunciaban Hitler y Goebbels. Entonces se beben de un tirón mares de cerveza y ofrecen al mundo espectáculos tan denigrantes como el carnaval de Colonia. Entonces se sienten invadidos por temores supersticiosos y consultan horóscopos y quirománticos de tres al cuatro. Pero, creo yo, en el peor de los casos se trata de descargas del sistema nervioso. Porque es obvio que a poco todo vuelve a su cauce, que vuelven a ser más austeros que nosotros, menos sensuales, incluso en el comer, pues es sabido que los meridionales, en cuanto disponemos de los recursos necesarios, nos entregaos al placer de la mesa con entusiasmo digno de mejor causa.
Bueno, ¿por qué los centroeuropeos son así y no de otra manera? Vida compleja... Repito que el clima y la geografía influyen mucho. El Rin y el Danubio son ríos anchos y profundos. Quien haya nacido en sus orillas no reaccionará, ni ante el agua, ni ante un árbol, ni ante la vida, como un hombre nacido en Grecia, el el pedregal siciliano o en nuestros Monegros. Se ha observado que los hombres de montaña se parecen entre sí en todas partes y que también se parecen entre sí las gentes de mar. Ello es natural,- el medio, creador de la función, y está, a su vez, del órgano-, como es natural que el catolicismo haya arraigado más donde hay viñedos- se consagra con vino- que donde no lo s hay. Es más fácil pintar acuarelas y creer en brujas donde hay niebla, como en Inglaterra o Galicia, que donde el cielo es transparente. Es más lógico que hablen de gritos quienes viven al aire libre que quienes viven emparedados detrás de doble ventana, pisando alfombras. No se conciben las plazas de toros en los países de nieve y es lógico que fabriquen los relojes los pueblos que estiman que la puntualidad es una virtud.
A decir verdad, me cuesta sumo esfuerzo emplear las palabras humanizado y deshumanidazo. Mucha gente del Sur, más o menos encabezada por Unamuno, dice de las otras razas: "Son menos humanas". Entiendo que hablar así es pasarse de la raya. Decir de un hombre que es inhumano no puede sino ser símbolo. o presuntuosa miopía, pues es humano todo cuanto un hombre haga. Es humano ser cuerdo, pero también lo es estar loco. Es humano ser generoso, pero también lo es ser cruel. Simplemente, en Centroeuropa viven y gastan, o malgastan, su ración de humanidad de otra manera. Los caños que menan son otros porque otro es el manantial. Hablan menos y trabajan más y es posible que tengan menos gracia. Pero ellos se sienten a gusto viviendo así, y aunque parezca lo contrario, estadísticas en mano resulta que son escasísimos los hombres centroeuropeos que abandonan su morada y se instalan en el Sur. Lo que ocurre es que nosotros, los meridionales, allí nos sentimos desplazados, entre tanta grúa y tanta niebla y tanta seriedad. "¡No poder robar bombillas en el tren!", "¡No poder pegarles a los amigos manotazos en la espalda!", "¡Coronar una aventura amorosa y no poder tutea!" Nos sentimos desplazados. Un albañil oriundo de Teruel me dijo, en el puerto de Hamburgo: "Desengáñate catalán... Esa gente va siempre en manadas, pero se aburre más que la una".
Llegados a la Europa Central o Europa intermedia-en la franja incluimos a Inglaterra, a Holanda y a Bélgica-, el espectáculo cambia radicalmente. Sólo en algunos sectores de la Alemania de posguerra se oyen voces como de sargento que está dando órdenes, habla en voz alta como en el Sur. En el resto de la franja, lo corriente es la conversación plácida, en tono menor, excepto cuando el alcohol anda por el medio. En todo normal, la gente dialoga sin prisa y no sufre por callarse, al tiempo que los ojos de las personas expresan menos inquietud que los nuestros. Y es que han cambiado la geografía y el clima. La naturaleza es en esa región mucho más dura y con el tiempo ha creado otros reflejos.
En la franja Central de Europa, el tema Hombre no es tan importante como entre las gentes del Sur. Por supuesto, se habla menos del Yo. El caudal de confidencias es mucho menor. Existe una suerte de pudor, a veces exagerado, a hablar de uno mismo. El centroeuropeo estima que en principio, lo propio, lo personal, no puede interesar a los demás, por lo que, en su interior, va creándose un repertorio de intimidades que acaba considerando sagradas, inviolables. Es decir, lo personal se convierte en estrictamente personal. Este repertorio es amplio y suele abarcar desde las enfermedades y buen número de funciones fisiológicas hasta problemas mínimos de índole espiritual. Un holandés o un checo nos dice su nombre y apellidos y la edad que tiene, e inmediatamente siente deseos de añadir: "Perdone, usted, estoy hablando demasiado de mí." Se pretende guardar las distancias, establecer zonas de completa independencia, aún a riesgo de deshumanizar.
También se habla menos del TÚ. En consecuencia lógica de lo anteriormente expuesto. "No hacer preguntas personales" es consejo o ley que figura en los manuales. "Quien pregunta, hiere"; he ahí un expresivo refrán húngaro. Los centroeuropeos son mucho más tímidos que la gente del Sur y a menudo se comportan como si vivieran en un claustro. Hay mil anécdotas reveladoras de esta timidez, generalmente atribuida a los ingleses. Muchas de ellas responden a una realidad. Por otra parte, dicha característica no obedece sólo a una actitud de respeto. Es que tampoco interesa gran cosa la intimidad ajena. El campo absorbente de la atención es otro, no se centra, como entre nosotros, en lo específicamente humano. Ello despierta núcleos de resistencia, debido a los cuales la frase "somos íntimos amigos", que en el Sur empleamos con facilidad, es allí rara avis, excepcional. El TÚ es en Centroeuropa tratamiento más distante. En el idioma inglés sólo de tutea a Dios, y ya en Francia el tuteo es poco frecuente. Ortega escribió que el diálogo español, mejor que diálogo es "un bombardeo de monólogos." Podría añadirse que, en toda Europa Meridional es, además un test que cada persona hace a su interlocutor. En Centroeuropa el diálogo es más bien una invitación a cotejar sin prisa unos cuantos puntos de vista.
Naturalmente, se habla menos de ÉL. Ello obedece a una innata repugnancia a juzgar al prójimo. Hablar de una persona ausente obliga, de hecho, a juzgarla. Nuestro tono de voz al aludir a esta persona es ya , en cierto modo, un juicio. Si a continuación la describimos, la juzgamos. Si decimos de ella que es tenaz, o atractiva, o prudente, la estamos juzgando; y lo mismo si decimos lo contrario. Los centroeuropeos no se consideran capacitados para ello. Estiman temerario sentar tantas afirmaciones al cabo del día. Se diría que son más conscientes de que la vida es compleja y de que el ser y la actitud de cada hombre es a menudo el fruto de causas lejanas e ignoradas, muchas veces, de causas biológicas o de genealogía. En Centroeuropa nació Freud y probablemente no fue por azar.
Ahora bien, puesto que el hombre existe y precisamente estas regiones están por lo común superpobladas, forzoso es hablar del hombre en algún sentido... Claro que sí. Y lo hacen. Me ha parecido observar que a los centroeuropeos les gusta hablar del hombre genérico, del ente, de la persona no individualizada; y por supuesto, del hombre colectivo, de la comunidad...Ésto les interesa. Les gusta hablar del propio país, de otros países, de la situación de los pueblos y de su estado de desarrollo. Interés en lo colectivo, que los lleva a interesarse en la política y en Suiza, por paradoja, se habla mucho de cuestiones militares, así como en Bélgica excitan el interés el tema de la monarquía y el tema colonial. Ahora bien, no es corriente personalizar como en el Sur y por ello, excepto en Alemania, el fracaso de un gobernante no implica en la mente de los ciudadanos el fracaso del sistema de gobierno que aquél representa- En Inglaterra un rey puede abdicar porque se enamora y en Holanda la reina puede ser gordísima sin que por ello las masas reclamen la República. Centroeuropa habla de política , discute la jugada y por eso generalmente el sangriento enlace que los del Sur, lo mismo que en las Repúblicas Sudamericanas, le damos a esta cuestión , los deja perplejos. Los deja perplejos... y sin ganas de hablar. Digo yo que si la mitad nórdica de Francia no fuera ya psicológicamente centroeuropea, en las últimas crisis nuestros vecinos hubieran ya desembocado en una guerra civil.
Bueno, los centroeuropeos hablan mucho de su trabajo, de su profesión. Trabajo...¡Enigmática palabra! Los centroeuropeos se transforman al pronunciarla. Es su orgullo y condecoración. Y si la persona con la que hablan es un maestro en la materia, la admiración se moviliza como reflejo condicionado. Por otra parte, el número de mujeres que en Centroeuropa trabajan y no meramente en empleos subalternos, carentes de responsabilidad, es muy crecido. Mujeres-médicos, mujeres-abogados, mujeres-delineantes, etc. Ello establece una paridad, en virtud de la cual en las reuniones pueden tratarse asuntos profesionales in que se produzca como aquí la automática división de sexos.
Naturalmente, ello los lleva de la mano a hablar minuciosamente de los productos de este trabajo, de lo que con éste se obtiene. Y ahí entroncamos con el interés por las cosas, por los objetos y los materiales que los componen, en virtud de los cuales enlazan con el mundo vegetal y con el mundo mineral. Los centroeuropeos saben cuán difícil es fabricar un buen mechero o una fiel máquina fotográfica. Respetan el esfuerzo previo que su presencia supone y tratan de ello con sumo e innato respeto. Son capaces de pasarse horas dándole vueltas a cualquier objeto recién puesto a la venta, estudiando su secreto y las sorpresas de su mecanismo. Aman la mercancía. Cuando hay guerras, la gente no sólo lamenta las muertes de los hombres, y la destrucción de la riqueza colosal. Lamenta también la destrucción de las pequeñas cosas, de los objetos. Hay una elegía polaca titulada: "Han matado mi silla."
También hablan, ¡hasta qué punto!, de los animales. Nutridas sociedades de protección y espléndidos parques zoológicos. Se trata a los animales con ternura. No se cuelga de un árbol a los inútiles para el servicio; a los que son útiles se les demuestra gratitud. Frase corriente es: "los animales también sufren." Ahí está. Se prescinde de si tienen o no alma; se sabe de que sufren- se les nota en los ojos- y eso basta. En Alemania advertí el inmenso agradecimiento que los investigadores médicos sienten por los cobayos, por los animalitos que utilizan para sus trabajos. "Sin estos ratones, no podríamos hacer nada", dicen los médicos. Por lo común, los cobayos son animales feos y a menudo desagradables; sin embargo, cada uno en su celda o en su pequeña jaula recibe a diario espontáneas muestras de afecto. Últimamente se habla mucho de los acuarios. La belleza de los acuarios está en alza y los niños centroeuropeos hablan con los peces desde este lado del cristal, como si fueran camaradas, adorables e indefensos camaradas. El gran pintor de los animales no es meridional, es holandés. Se llamó Paulus Potter y en su especialidad fue maestro de maestros. Los cementerios de perros están situados en la franja central, los perros de San Bernardo son Suizos y la historia del perro de la poetiza Elizabeth Barret la escribió una escritora inglesa: Virginia Woolf. Cierto que un meridional escribió la historia de un borrico llamado Platero, pero inmediatamente le añadió el primer pronombre personal y tituló el libro "Platero y yo". La Fontaine y Samaniego trataron, ¡cómo no! con ternura a los animales; pero lo hicieron por medio de fábulas, para sacar de éstas moralejas para el hombre. También el santo de los animales fue meridional, San Francisco de Asís, pero su inmenso amor por ellos se produjo probablemente por reacción contra el medio italiano en que se movía. Si en Prusia o en Viena un hombre hubiera dicho "hermano lobo" no hubiera causado tanta estupefacción.
Los centroeuropeos hablan menos que nosotros y, por lo tanto, son más contemplativos, dedican más horas a contemplar. Les interesa la naturaleza, les interesa las plantas y las flores. Ya en Centroeuropa- en el Norte, en Escandinavia, mucho más- abundan las amas de casa que durante el día dialogan con las flores que embellecen su hogar, exactamente , las piropean, con la simpática creencia de que las flores se alegran de ello y crecen más y mejor. En la literatura de Goethe es corriente la interpelación a la naturaleza, el dirigirse a ella como a un igual. "¿Adónde vas, claro arroyuelo, tan alegre?" Quien escribió despectivamente que la naturaleza carece de imaginación fue un poeta francés, Baudelaire. Quien escribió que la naturaleza es un perro que sigue fielmente al hombre, fue otro poeta francés, Victor Hugo. En cambio, quien escribió que la naturaleza no tolera mentiras, fue un filósofo escocés: Carlyle.
Los centroeuropeos hablan menos que nosotros del pasado- se revelan contra la excesiva nostalgia- y también hablan menos del futuro. Hacen menos proyectos, actitud que no comparto en absoluto, pues en verdad hacer proyectos es una de las posibilidades más fecundas que el hombre tiene al alcance de la mano. Hablan más del presente, del momento en que se vive, de lo inmediato. De ahí su mayor capacidad de concentración y de ahí que los especialistas de la franja central se apliquen al microscopio con más tenacidad que en el Sur. También son menos fatalistas que nosotros. Nuestras expresiones, por lo demás tan corrientes: "Pasando la triste vida", "Ya no estoy para estos trotes", actúan sobre ellos de revulsivo. Quieren luchar y mantenerse erguidos hasta el final y de ahí esos autocares repletos de setentones que en verano cruzan el mundo en busca de oxígeno mental, de satisfacción de la curiosidad. En Centroeuropa el metabolismo es más estable, más regular. En las revistas humorísticas, el número de historietas mudas es igual, sino superior, al número de historietas dialogadas. Hay que admitir que, por lo común, sus conversaciones son menos brillantes que las nuestras, menos rápidas. Pero tampoco saltan de un tema a otro sin conexión ni desvirtúan tan fácilmente la realidad. Ellos reconocen nuestra superioridad en este terreno: "Ustedes saben conversar", nos dicen. ¡Cómo no! Nuestro aprendizaje ha sido largo... pero lo cierto es que lo dicen con sincera admiración y que escuchándonos gozan y paladean nuestras incomparables carambolas verbales. Ahora bien, si el trato se mantiene, si se prolonga, acaban dándose cuenta de que pueden perfectamente prescindir de este goce, vivir sin conversar. Lo mismo nos ocurre a nosotros con respecto a su capacidad de trabajo. Nosotros exclamamos, admirados: "¡Hay que ver cómo ha resucitado Alemania!", sin que nuestra exclamación implique el menor deseo de imitarlos, de doblar el espinazo como los alemanes lo han doblado.
¿Qué ocurre en Centroeuropa? Pues a veces ocurre que la dureza del vivir cotidiano- a mi entender, hay un punto de exageración en su dedicación al trabajo y en su obsesión por lo que se llama "aprovechar el tiempo"- unida a la dureza del clima, periódicamente desquician el sistema nervioso y llevan a la gente a buscarse una evasión. Entonces, la ecuanimidad de que estoy hablando los abandona, huye de aquellas latitudes, y, en consecuencia, pueden oírse las frases más insospechadas. Por ejemplo, las que pronunciaban Hitler y Goebbels. Entonces se beben de un tirón mares de cerveza y ofrecen al mundo espectáculos tan denigrantes como el carnaval de Colonia. Entonces se sienten invadidos por temores supersticiosos y consultan horóscopos y quirománticos de tres al cuatro. Pero, creo yo, en el peor de los casos se trata de descargas del sistema nervioso. Porque es obvio que a poco todo vuelve a su cauce, que vuelven a ser más austeros que nosotros, menos sensuales, incluso en el comer, pues es sabido que los meridionales, en cuanto disponemos de los recursos necesarios, nos entregaos al placer de la mesa con entusiasmo digno de mejor causa.
Bueno, ¿por qué los centroeuropeos son así y no de otra manera? Vida compleja... Repito que el clima y la geografía influyen mucho. El Rin y el Danubio son ríos anchos y profundos. Quien haya nacido en sus orillas no reaccionará, ni ante el agua, ni ante un árbol, ni ante la vida, como un hombre nacido en Grecia, el el pedregal siciliano o en nuestros Monegros. Se ha observado que los hombres de montaña se parecen entre sí en todas partes y que también se parecen entre sí las gentes de mar. Ello es natural,- el medio, creador de la función, y está, a su vez, del órgano-, como es natural que el catolicismo haya arraigado más donde hay viñedos- se consagra con vino- que donde no lo s hay. Es más fácil pintar acuarelas y creer en brujas donde hay niebla, como en Inglaterra o Galicia, que donde el cielo es transparente. Es más lógico que hablen de gritos quienes viven al aire libre que quienes viven emparedados detrás de doble ventana, pisando alfombras. No se conciben las plazas de toros en los países de nieve y es lógico que fabriquen los relojes los pueblos que estiman que la puntualidad es una virtud.
A decir verdad, me cuesta sumo esfuerzo emplear las palabras humanizado y deshumanidazo. Mucha gente del Sur, más o menos encabezada por Unamuno, dice de las otras razas: "Son menos humanas". Entiendo que hablar así es pasarse de la raya. Decir de un hombre que es inhumano no puede sino ser símbolo. o presuntuosa miopía, pues es humano todo cuanto un hombre haga. Es humano ser cuerdo, pero también lo es estar loco. Es humano ser generoso, pero también lo es ser cruel. Simplemente, en Centroeuropa viven y gastan, o malgastan, su ración de humanidad de otra manera. Los caños que menan son otros porque otro es el manantial. Hablan menos y trabajan más y es posible que tengan menos gracia. Pero ellos se sienten a gusto viviendo así, y aunque parezca lo contrario, estadísticas en mano resulta que son escasísimos los hombres centroeuropeos que abandonan su morada y se instalan en el Sur. Lo que ocurre es que nosotros, los meridionales, allí nos sentimos desplazados, entre tanta grúa y tanta niebla y tanta seriedad. "¡No poder robar bombillas en el tren!", "¡No poder pegarles a los amigos manotazos en la espalda!", "¡Coronar una aventura amorosa y no poder tutea!" Nos sentimos desplazados. Un albañil oriundo de Teruel me dijo, en el puerto de Hamburgo: "Desengáñate catalán... Esa gente va siempre en manadas, pero se aburre más que la una".
Thursday, 5 September 2013
Las Tres Europas
I came across a rather witty and interesting essay that a Spanish author wrote and put in a collection of essays squeezed in book entitled "Todos somos fugitivos" (We are all runaways). This one essay revolves around what makes Europe different and unique in terms of local idiosyncrasies. He explores what Europeans talk about in the South, Centre and North of the Old Continent. Since I found this writ neither in Spanish nor any English translation of it on the internet I decided to type the whole work on my blog, first in the original Spanish. The English translation is coming up in a few more days. The first part deals with the South.
Las Tres Europas
José María Gironella
En los últimos cuatro años he realizado una serie de viajes por Europa. Casi siempre la he cruzado de sur a norte - desde España hasta Escandinavia- y he regresado en línea recta o zigzagueando, deteniéndome aquí y allá. He viajado en tren, en barco y por la vía aérea. Es decir, he visto hombres, peces y pájaros, y muchas veces he visto a los hombres desde el mirador que tienen los peces: el agua, y desde el mirador que tienen los pájaros: el aire.
En estos viajes, como es natural. he llevado bien abiertos los cinco sentidos. Los ojos siempre conmigo, los oídos siempre conmigo, el olfato. Y, por supuesto, el espíritu crítico. Mi espíritu crítico que es , todo a la vez, mi condecoración, mi radar y, en la práctica, mi tortura.
El resultado ha sido, creo yo, modesto. La complejidad de la vida es tal que estudiar siempre desierto de las uñas exigiría que centenares de sabios se dedicaran a ello durante años. No pretendo, pues, haber realizado ningún descubrimiento y me propongo trazar en estas líneas un mero apunte impresionista, valiéndome sobre todo de la intuición.
Un hecho me ha saltado a la vista, me ha parecido evidente: en el orden psicológico, no existe una sola Europa sino tres: la Europa del sur o meridional, la Europa central, la Europa nórdica. Son tres franjas horizontales que en el mapa tienen muy difícil delimitación -¿dónde empieza la una y dónde acaba la otra?-, pero sobre las cuales todos estamos más o menos de acuerdo. En efecto, si digo Europa meridional todo el mundo sabe a qué zona geográfica me refiero: a la zona del Mediterráneo, al mundo latino y a l mundo griego... Si digo Europa Central, todo el mundo evoca automáticamente a Suiza, Alemania, Austria, Checoslovaquia, etc. Si digo Europa Nórdica, todo el mundo piensa en Escandinavia, desde Dinamarca hasta el océano Glacial Ártico.
Mi apunte impresionista consistirá en comparar los temas de conversación más persistentes en cada una de estas tres Europas. ¿De qué habla el Sur, la gente del Sur, la gente llamada temperamental, la de la gesticulación exuberante, la de los carros y los barricos, la del polvo y los charcos, la que ha creado expresiones tan pintorescas como "la claridad bien entendida empieza por uno mismo"? ¿De qué habla la gente del Centro, la gente llamada laboriosa y disciplinada, obediente a las autoridades, la gente de los países superpoblados, de los ríos caudalosos, de la ambición, de la gran industria? ¿De qué habla la gente del Norte, la gente de la tierra y el mar helados, del espíritu cívico y el confort, de los cielos mitad luz perpetua mitad noche perpetua?
El tema podría desarrollarse ateniéndose a la Historia de estos países o zonas, a la Política, a al Economía, etc. Conocedor de mis propios límites, he elegido el enfoque de las conversaciones, por ser el más plástico, el más apto para el novelista. ¿De qué se habla comúnmente en cada una de las tres Europas? No olvidemos que el lenguaje, el léxico, es ciento por ciento revelador, lo mismo cuando sirve para expresar lo que se siente como cuando sirve para disimularlo. Confío en que el análisis de lo que se habla en Europa preocupa, de lo que Europa es.
Es sabido que la preocupación básica de nuestro mundo del Sur, meridional, es el tema Hombre, el tema del ser humano, de la persona humana. Los hombres del Sur hablamos constantemente de las mujeres y de los hombres. Y hablamos del Hombre en sus tres dimensiones más a mano: el yo, el tú y el él, y generalmente por este mismo orden. Si podemos, hablamos de nosotros mismos, del YO. SI ello no es posible, hablamos del TÚ, es decir, perforamos la intimidad de nuestro interlocutor, del otro ser con el que estamos hablando, lo interrogamos, si es necesario con crueldad. Cuando el tema se agota, hablamos de alguien que está ausente, de un tercero, de ÉL.
Cuando se llega a un país del Sur, después de una prolongada estancia en países centrales o nórdicos, inmediatamente nos damos cuenta de esto: cada persona nos habla de su YO. Es su más importante tema de conversación."¿Sabes que me he casado?" O bien: "Ahora me dedico a la compraventa de automóviles". A poco que le prestemos atención, esta persona nos sienta a su lado en cualquier lugar y nos cuenta absolutamente todo cuanto le ha ocurrido en nuestra ausencia: éxitos amorosos, financieros, enfermedades, recovecos de su espíritu insatisfecho. Y nos lo cuenta atropelladamente y a una velocidad de vértigo, no sea que de pronto nos levantemos y volvamos a tomar el tren. Sólo al final, transcurrida una hora, o dos o tres, según los casos, inesperadamente exclamará: "¡Bueno, chico, estás muy callado ¿Qué es de tu vida, cómo te ha ido por ahí?" Mingote, el humorista de ABC, publicó un chiste que ilustra perfectamente esta situación. Dos escritores están juntos desde hace muchísimo rato y al cabo el que ha llevado la voz cantante le dice al otro: "¡Bien, ya es hora de que hablemos un poco de tí! ¿Qué te ha parecido mi última novela?"
Preocupación por la persona humana. Sin no hablamos del yo, los meridionales hablamos del tú. Sometemos a nuestro interlocutor de turno a un interrogatorio feroz, digno de un fiscal. A los pocos minutos de haber sido presentados a alguien queremos saber cómo este alguien las gasta por dentro. De dónde es, cómo se llama, qué familia tiene, a qué se dedica, qué tabaco prefiere. Le preguntamos por el número de novias que tuvo, cuáles son sus bienes personales y qué uso hace de ellos. Con increíble astucia aludimos a la construcción de pantanos en nuestro país al objeto de enterarnos, por el cariz de su respuesta, al bando político en que milita. Un francés comentaba: "En Italia no sólo te preguntan dónde has nacido sino por qué"
Y así es, en efecto. A su vez, un griego, infatigable viajero, me advirtió: "Nunca nadie había mostrado tanto interés por el funcionamiento de mi mundo intestinal como los franceses del Sur, du Midi, que conocí en el tren." Los españoles solemos enfocar pronto el tema religioso y le preguntamos a la gente si cree en el misterio de la Encarnación y la opinión personal que les merece el sexto mandamiento. Los nórdicos han advertido esto y dicen de nosotros que andamos por el mundo como sacando radiografías. Por otro lado, en Londres, en Scotland Yard, me informaron de que en los países del Sur la labor de la policía es siempre más fácil que en el Norte porque aquí la gente está enteradísima de la vida y milagros de los vecinos y en cuanto a los agentes interrogan todo sale a relucir.
Preocupación por el Hombre, por el ser humano. Cuando el tema se agota y ya no hablamos ni del Yo ni del Tú, hablamos de un tercero, de Él. La pregunta inicial suele ser: "¿Qué sabes de Fulano de Tal? Hace tiempo que no lo veo". Comienza entonces una vivisección escalofriante del ausente. Se comentan sus gustos, su situación financiera, qué tal anda su matrimonio, cuáles son sus proyectos. "Me ha dicho que..." "Parece ser que..." Querríamos tener su alma para ponerla encima de la mesa, junto a la taza de café. Opinamos sobre esa persona, la juzgamos como si tuviéramos derecho a ello o como si nos perteneciera en algún sentido. "Menudo tipo- exclamamos. Es de cuidado". "O bien: "Es un tío muy salao". A menudo se trata de una persona neutra, que en el fondo no interesa a ninguno de los dos que hablan y a la que éstos en realidad conocen muy poco. Todo son conjeturas. La cuestión es disponer de un hombre cuyo espíritu poder perforar. A menudo, el comentario se extiende a toda la familia de este hombre. Decimos: "Y te advierto que toda la familia es igual". O bien: "¿Ves? En cambio su hermano es un caso completamente distinto" Es un caso. Un caso quiere decir que es un hombre.
Creo que todo esto es bastante cierto. Y de ahí que la palabra hombre sea la piedra angular de las conversaciones del Sur. Continuamente la empleamos: "Pues claro que sí, hombre..." "¡Hombre, no faltaría más!" Incluso las mujeres, a menudo, al dirigirse a otra mujer la llaman hombre: "Sí, hombre, sí- dicen-. Puedes estar tranquila"
Tal vez en España lleguemos a esto al máximo. Unamuno escribió: "Hablo de mi porque soy el hombre que tengo más a la mano". Un verso castellano, anónimo, dice: "Hablo de tí porque eres yo"; y las muchachas cuando se refieren al hombre que un día amarán y que todavía no ha aparecido lo llaman ya Él. De hecho, los españoles proyectamos sobre el hombre cualquier tema que tratemos. Si hablamos del tiempo es para comentar su influencia sobre nuestro humor o para hacerlo responsable de nuestro dolor de cabeza o de nuestra cólera. Mucha gente sólo lee de los periódicos lo que hace referencia al hombre: los sucesos, los ecos de sociedad, las esquelas mortuorias. Sin darme cuenta, yo mismo titulé mi primer libro "Un Hombre". Durante la guerra, los oficiales raramente decían: "he perdido tantos soldados", sino que decían: "He perdido tantos hombres". Por otra parte, poetizar consiste para nosotros en humanizar metafóricamente lo que nos rodea. Las estrellas nos parecen ojos, los troncos de árbol, hombres de pie, y las hojas, pies o manos. Las algas marinas nos parecen cabelleras y las llamas de las chimeneas no nos sugieren diablillos, como a los ingleses, sino mujeres danzando. En el famoso "Huerto del Cura", de Elche, hay una serie de palmeras bautizadas con nombres de hombres y en otro lugar un puente que se llama "Puente de la hermosa mujer".
Esta preocupación meridional por el hombre se manifiesta de mil modos distintos. Las carreras universitarias que en el Sur más han atraíso siempre han sido la Medicina y el Derecho: ejerciéndolas, el hombre interrogará a otros hombres, para curarlos, para juzgarlos o defenderlos. Hasta una época reciente, han interesado en mucho menor grado la Física, la Química y mas Matemáticas. En las competiciones deportivas, mejor que conseguir una marca aceptable lo que interesa es vencer a otro hombre, al rival. "Le he dado pa' el pelo"- decimos- y algo que parecido nos ocurre con la muerte. La incineración de cadáveres. el convertir en cenizas nuestro cuerpo, nos repugna. Nuestro cristianismo nos dice que dicho cuerpo se convertirá en tierra, en polvo, pero inmediatamente nos propone y promete el misterio de la Resurrección de la Carne; y es obvio que no conseguimos imaginarnos el cielo con sólo espíritus, sin la presencia viva y temblorosa de las personas que amamos. Muchos cirujanos del Sur afirman que generalmente les cuesta obtener el permiso familiar para hacerles la autopsia a los muertos: los parientes quieren preservar intacto aquel cuerpo que se les va. Y un neuróligo de Nápoles ha escrito que en los manicomios italianos es raro que los locos imaginen ser algo más que hombres: que imaginen ser el Sol, o el invierno o un instrumento musical. Generalmente imaginan ser algo humano, pero subliminado, gigantesco: un famoso inventor, un hombre muy rico, propietario de minas de oro, un hombre muy guapo que conquista a todas la mujeres o simplemente esto: un gigante. Por otra parte, la escultura griega y romanan consistió en esto: en la exaltación de la figura del hombre, en perpetuar la facha de éste por medio de material noble y resistente.
En política, seguimos al hombre y no a la idea. Si el hombre que dirige nos defrauda, nos defrauda el sistema que este hombre encarnaba. En el Sur abunda la gente que deja de practicar la religión y hasta de creer en Dios porque un día en el confesionario fueron objeto de un par de preguntas insolentes. En el Sur cultivamos la apariencia y en nuestros pueblos y ciudades hay más barberías que librerías.
Ser guapo o ser feo resulta aquí importante. "¡Pobre chica!- decimos- ¡Qué fea es! No se casará." Aunque posea un caudal de hermosas cualidades nos tememos que no se casará. Una de las fórmulas más admirativas de nuestro lenguaje es:"Es un tipo con toda la barba" El pelo y el vello como signos de la masculinidad. Un miliciano al que preguntaron por qué había matado al notario de su pueblo contestó: "Por feo."
Las consecuencias de esta actitud son múltiples. En primer lugar, los meridionales hablamos mucho. ¡Hay tantos hombres a quienes juzgar! Callar es la peor tortura para el hombre del Sur, una de cuyas leyendas imagina que el Infierno es el lugar del gran Silencio. Aquí se habla en los trenes, en los cafés, ¡en los mercados!, en los teatros y en el cine, en la calle, a cuarenta grados de calor. Hablan los albañiles en los andamios- y si no pueden hablar, cantan- ¡y hablan los bañistas en el agua! Se habla en las iglesias y en los entierros y si en una terturlia se producen diez segundos de silencio la tirantez de la atmósfera se vuelve asfixiante. Las expresiones que aluden a la lengua son innumerables: "Se ha ido de la lengua, calla la boca, ¡quien calla otorga! "Alguien escribió que en los países meridionales, los mudos se sentían mucho más desgraciados que los mudos en los países nórdicos.
Otra consecuencia de vital importancia, es que olvidamos las demás especies. Lo que no sea hablar del hombre nos aburre. Excepto entre campesinos, o entre especialistas obligados a ello por su profesión, raramente los meridionales hablamos de animales, de plantas o de minerales. Ignoramos a los animales y en muchos casos, los despreciamos. Los gatos y los pájaros huyen cuando nos acercamos a ellos y entre nosotros hacer algo malo es hacer "una perrería". Hay un cuento del norte de Rusia en que el autor, para castigar a los animales, los envía a países del Sur. Los meridionales ignoramos los nombres de los árboles, de las plantas, de las flores. Y la contemplación de la naturaleza nos fatiga a los pocos minutos. Inclusos los alpinistas, al llegar a la cumbre de la montaña, lo que hacen es respirar hondo y ponerse a charlar; a hablar de los conocidos que se quedaron en la ciudad. "Basta ya de puesta de sol, ¿no te parece?" En cuanto a los minerales, no existen para nosotros. Las piedras son sólo piedras, piedras y nada más, y si alguien nos dice que a lo mejor también tienen su vida interior, que al pronto desconocemos, soltamos la carcajada. En toda la prensa humorística del Sur hasta hace poco se ha ridiculizado a los astrónomos. Ahora, gracias a los sputniks, a la balística sideral, empiezan a inspirar respeto. ¡Bueno, nos aburren los objetos, nuestros objetos, excepto si emocionalmente podemos relacionarlos con una persona! Ello es una de las causas por las cuales nuestros hogares suelen ser tan poco acogedores. También nos aburren las ideas abstractas, los juegos del pensamiento, porque el pensamiento es algo que no se puede palpar. España, en este sentido, es también arquetipo. España ha dado escasísimos filósofos- ninguno genial- y en cambio muchos pintores retratistas, muchos imagineros y talladores de la madera y del hierro. Es decir, ha dado muchas manos que han sabido palpar.
¿Cuáles son las causas de que el hombre meridional sea así y no de otra manera? Tantas como las arenas del mar. La exuberante mímica de los habitantes de Roma parece tener su origen en las antiguas pantomimas italianas. La evidente vulgaridad de la raza en algunos sectores del sur de Francia- en el Rosellón, por ejemplo- generalmente se atribuye al abuso del vino tinto. Es decir, para cada faceta de cada población cabría encontrar un antecedente. Sin embargo, hemos de buscar algún denominador común y se me ocurren cuatro:
Primero; el Hombre del Mediterráneo pesó tanto en la Historia, que le quedan aún resabios de orgullo y de pundonor.El hombre del Mediterráneo fue el primero en los juegos, en la guerra, en la filosofía y el Derecho, y siente todavía la vanidad de ser Hombre.
Segundo: la situación económica que atraviesa desde hace siglos, la pobreza. Ello le lleva a vigilar atenta y crispadamente al vecino, pues éste puede ganarle las oposiciones o apoderarse del mejor sitio para mendigar. El hombre está, en el Sur, siempre presente. Es el competidor, el que puede robarnos el pan. Ello atrofia nuestra necesidad de defensa y estimula los reflejos de la envidia, de los celos y de la crítica sin piedad. "Aquí el que no corre, vuela", es frase corriente. "Quien pega primero, pega dos veces." Por otra parte, la pobreza significa vivienda pobre y la vivienda pobre significa amontonamiento, promiscuidad. "Vivir en cuevas" Es la ley del Sur. El hombre - el pariente o el vecino- siempre presentes. Hay muchas casas del Sur- incluso de gente adinerada- que por dentro son cuevas. Ocho seres amontonados en una cocina no pueden hacer más que observarse, como en las cárceles. Además, el que no dispone de otro bien que el de la persona, sólo de personas puede hablar.
En tercer lugar, influye el clima. El clima benigno contribuye en gran medida a la presencia primordial del hombre. El clima del Sur invita a la vida callejera y a la plática, a la tertulia en la terraza y en el café. El hombre se acostumbra a hablar, a conversar con otros hombres. Se crea el hábito y se pierde el interés por la vida solitaria, por coleccionar pipar o por leer al amor de la lumbre. Además el clima del Sur invita a la pereza. En el Sur el trabajo es considerado un castigo, primero porque la esclavitud nos ha herido muy de cerca y luego porque nos obliga a prestar atención a cosas que nos aburren. El que no trabaja es, en el Sur, un vivo; en cambio en el Norte es considerado un muerto, un parásito. En el Sur se ha trabajado tanto por tan poco dinero que no trabajar es, todavía, darse la gran vida; y para las criadas andaluzas es gran señora la que se levanta de la cama a la hora de almuerzo.
He dejado para el final la causalidad religiosa, el catolicismo. Ignoro si es la causa más importante, tal vez lo sea. El catolicismo, por supuesto, late en la base de la sobrevaloración del hombre, pues no deja de insistir en que "el hombre es el REY de la creación". Sólo el hombre tiene alma racional- no la tienen ni los perros, ni las plantas, ni los astros-; el hombre es, pues, no ya lo más importante sino lo único importante."¿Para qué apegarte a las cosas de este mundo si al final lo habrás de dejar?" Los meridionales llevamos esta pregunta en la sangre; aunque hay que reconocer que el paganismo griego llegó, por otros caminos, a conclusiones similares. El catolicismo, en la aplicación práctica que de él hemos hecho, somete la creación entera al hombre. Los animales han de servirlo, y entre nosotros hay todavía pueblos en los cuales los perros que no sirven ni para la caza ni para la vigilancia son ahorcados en un árbol. En la Biblia el pecado es una serpiente y en el Evangelio se sacrifican los corderos y se maldice a una higuera; de todo lo cual hemos sacado exageradas conclusiones. La existencia en nosotros de una entidad eterna, llamada alma, nos lleva a desestimar el resto, relegándolo a un plano exageradamente inferior. Olvidando que el símbolo del Espíritu Santo es una paloma. Que Jesús entró en Jerusalén montado en un pollino. Y que Cristo murió en una cruz hecha con la madera de un árbol.
Las Tres Europas
José María Gironella
En los últimos cuatro años he realizado una serie de viajes por Europa. Casi siempre la he cruzado de sur a norte - desde España hasta Escandinavia- y he regresado en línea recta o zigzagueando, deteniéndome aquí y allá. He viajado en tren, en barco y por la vía aérea. Es decir, he visto hombres, peces y pájaros, y muchas veces he visto a los hombres desde el mirador que tienen los peces: el agua, y desde el mirador que tienen los pájaros: el aire.
En estos viajes, como es natural. he llevado bien abiertos los cinco sentidos. Los ojos siempre conmigo, los oídos siempre conmigo, el olfato. Y, por supuesto, el espíritu crítico. Mi espíritu crítico que es , todo a la vez, mi condecoración, mi radar y, en la práctica, mi tortura.
El resultado ha sido, creo yo, modesto. La complejidad de la vida es tal que estudiar siempre desierto de las uñas exigiría que centenares de sabios se dedicaran a ello durante años. No pretendo, pues, haber realizado ningún descubrimiento y me propongo trazar en estas líneas un mero apunte impresionista, valiéndome sobre todo de la intuición.
Un hecho me ha saltado a la vista, me ha parecido evidente: en el orden psicológico, no existe una sola Europa sino tres: la Europa del sur o meridional, la Europa central, la Europa nórdica. Son tres franjas horizontales que en el mapa tienen muy difícil delimitación -¿dónde empieza la una y dónde acaba la otra?-, pero sobre las cuales todos estamos más o menos de acuerdo. En efecto, si digo Europa meridional todo el mundo sabe a qué zona geográfica me refiero: a la zona del Mediterráneo, al mundo latino y a l mundo griego... Si digo Europa Central, todo el mundo evoca automáticamente a Suiza, Alemania, Austria, Checoslovaquia, etc. Si digo Europa Nórdica, todo el mundo piensa en Escandinavia, desde Dinamarca hasta el océano Glacial Ártico.
Mi apunte impresionista consistirá en comparar los temas de conversación más persistentes en cada una de estas tres Europas. ¿De qué habla el Sur, la gente del Sur, la gente llamada temperamental, la de la gesticulación exuberante, la de los carros y los barricos, la del polvo y los charcos, la que ha creado expresiones tan pintorescas como "la claridad bien entendida empieza por uno mismo"? ¿De qué habla la gente del Centro, la gente llamada laboriosa y disciplinada, obediente a las autoridades, la gente de los países superpoblados, de los ríos caudalosos, de la ambición, de la gran industria? ¿De qué habla la gente del Norte, la gente de la tierra y el mar helados, del espíritu cívico y el confort, de los cielos mitad luz perpetua mitad noche perpetua?
El tema podría desarrollarse ateniéndose a la Historia de estos países o zonas, a la Política, a al Economía, etc. Conocedor de mis propios límites, he elegido el enfoque de las conversaciones, por ser el más plástico, el más apto para el novelista. ¿De qué se habla comúnmente en cada una de las tres Europas? No olvidemos que el lenguaje, el léxico, es ciento por ciento revelador, lo mismo cuando sirve para expresar lo que se siente como cuando sirve para disimularlo. Confío en que el análisis de lo que se habla en Europa preocupa, de lo que Europa es.
Es sabido que la preocupación básica de nuestro mundo del Sur, meridional, es el tema Hombre, el tema del ser humano, de la persona humana. Los hombres del Sur hablamos constantemente de las mujeres y de los hombres. Y hablamos del Hombre en sus tres dimensiones más a mano: el yo, el tú y el él, y generalmente por este mismo orden. Si podemos, hablamos de nosotros mismos, del YO. SI ello no es posible, hablamos del TÚ, es decir, perforamos la intimidad de nuestro interlocutor, del otro ser con el que estamos hablando, lo interrogamos, si es necesario con crueldad. Cuando el tema se agota, hablamos de alguien que está ausente, de un tercero, de ÉL.
Cuando se llega a un país del Sur, después de una prolongada estancia en países centrales o nórdicos, inmediatamente nos damos cuenta de esto: cada persona nos habla de su YO. Es su más importante tema de conversación."¿Sabes que me he casado?" O bien: "Ahora me dedico a la compraventa de automóviles". A poco que le prestemos atención, esta persona nos sienta a su lado en cualquier lugar y nos cuenta absolutamente todo cuanto le ha ocurrido en nuestra ausencia: éxitos amorosos, financieros, enfermedades, recovecos de su espíritu insatisfecho. Y nos lo cuenta atropelladamente y a una velocidad de vértigo, no sea que de pronto nos levantemos y volvamos a tomar el tren. Sólo al final, transcurrida una hora, o dos o tres, según los casos, inesperadamente exclamará: "¡Bueno, chico, estás muy callado ¿Qué es de tu vida, cómo te ha ido por ahí?" Mingote, el humorista de ABC, publicó un chiste que ilustra perfectamente esta situación. Dos escritores están juntos desde hace muchísimo rato y al cabo el que ha llevado la voz cantante le dice al otro: "¡Bien, ya es hora de que hablemos un poco de tí! ¿Qué te ha parecido mi última novela?"
Preocupación por la persona humana. Sin no hablamos del yo, los meridionales hablamos del tú. Sometemos a nuestro interlocutor de turno a un interrogatorio feroz, digno de un fiscal. A los pocos minutos de haber sido presentados a alguien queremos saber cómo este alguien las gasta por dentro. De dónde es, cómo se llama, qué familia tiene, a qué se dedica, qué tabaco prefiere. Le preguntamos por el número de novias que tuvo, cuáles son sus bienes personales y qué uso hace de ellos. Con increíble astucia aludimos a la construcción de pantanos en nuestro país al objeto de enterarnos, por el cariz de su respuesta, al bando político en que milita. Un francés comentaba: "En Italia no sólo te preguntan dónde has nacido sino por qué"
Y así es, en efecto. A su vez, un griego, infatigable viajero, me advirtió: "Nunca nadie había mostrado tanto interés por el funcionamiento de mi mundo intestinal como los franceses del Sur, du Midi, que conocí en el tren." Los españoles solemos enfocar pronto el tema religioso y le preguntamos a la gente si cree en el misterio de la Encarnación y la opinión personal que les merece el sexto mandamiento. Los nórdicos han advertido esto y dicen de nosotros que andamos por el mundo como sacando radiografías. Por otro lado, en Londres, en Scotland Yard, me informaron de que en los países del Sur la labor de la policía es siempre más fácil que en el Norte porque aquí la gente está enteradísima de la vida y milagros de los vecinos y en cuanto a los agentes interrogan todo sale a relucir.
Preocupación por el Hombre, por el ser humano. Cuando el tema se agota y ya no hablamos ni del Yo ni del Tú, hablamos de un tercero, de Él. La pregunta inicial suele ser: "¿Qué sabes de Fulano de Tal? Hace tiempo que no lo veo". Comienza entonces una vivisección escalofriante del ausente. Se comentan sus gustos, su situación financiera, qué tal anda su matrimonio, cuáles son sus proyectos. "Me ha dicho que..." "Parece ser que..." Querríamos tener su alma para ponerla encima de la mesa, junto a la taza de café. Opinamos sobre esa persona, la juzgamos como si tuviéramos derecho a ello o como si nos perteneciera en algún sentido. "Menudo tipo- exclamamos. Es de cuidado". "O bien: "Es un tío muy salao". A menudo se trata de una persona neutra, que en el fondo no interesa a ninguno de los dos que hablan y a la que éstos en realidad conocen muy poco. Todo son conjeturas. La cuestión es disponer de un hombre cuyo espíritu poder perforar. A menudo, el comentario se extiende a toda la familia de este hombre. Decimos: "Y te advierto que toda la familia es igual". O bien: "¿Ves? En cambio su hermano es un caso completamente distinto" Es un caso. Un caso quiere decir que es un hombre.
Creo que todo esto es bastante cierto. Y de ahí que la palabra hombre sea la piedra angular de las conversaciones del Sur. Continuamente la empleamos: "Pues claro que sí, hombre..." "¡Hombre, no faltaría más!" Incluso las mujeres, a menudo, al dirigirse a otra mujer la llaman hombre: "Sí, hombre, sí- dicen-. Puedes estar tranquila"
Tal vez en España lleguemos a esto al máximo. Unamuno escribió: "Hablo de mi porque soy el hombre que tengo más a la mano". Un verso castellano, anónimo, dice: "Hablo de tí porque eres yo"; y las muchachas cuando se refieren al hombre que un día amarán y que todavía no ha aparecido lo llaman ya Él. De hecho, los españoles proyectamos sobre el hombre cualquier tema que tratemos. Si hablamos del tiempo es para comentar su influencia sobre nuestro humor o para hacerlo responsable de nuestro dolor de cabeza o de nuestra cólera. Mucha gente sólo lee de los periódicos lo que hace referencia al hombre: los sucesos, los ecos de sociedad, las esquelas mortuorias. Sin darme cuenta, yo mismo titulé mi primer libro "Un Hombre". Durante la guerra, los oficiales raramente decían: "he perdido tantos soldados", sino que decían: "He perdido tantos hombres". Por otra parte, poetizar consiste para nosotros en humanizar metafóricamente lo que nos rodea. Las estrellas nos parecen ojos, los troncos de árbol, hombres de pie, y las hojas, pies o manos. Las algas marinas nos parecen cabelleras y las llamas de las chimeneas no nos sugieren diablillos, como a los ingleses, sino mujeres danzando. En el famoso "Huerto del Cura", de Elche, hay una serie de palmeras bautizadas con nombres de hombres y en otro lugar un puente que se llama "Puente de la hermosa mujer".
Esta preocupación meridional por el hombre se manifiesta de mil modos distintos. Las carreras universitarias que en el Sur más han atraíso siempre han sido la Medicina y el Derecho: ejerciéndolas, el hombre interrogará a otros hombres, para curarlos, para juzgarlos o defenderlos. Hasta una época reciente, han interesado en mucho menor grado la Física, la Química y mas Matemáticas. En las competiciones deportivas, mejor que conseguir una marca aceptable lo que interesa es vencer a otro hombre, al rival. "Le he dado pa' el pelo"- decimos- y algo que parecido nos ocurre con la muerte. La incineración de cadáveres. el convertir en cenizas nuestro cuerpo, nos repugna. Nuestro cristianismo nos dice que dicho cuerpo se convertirá en tierra, en polvo, pero inmediatamente nos propone y promete el misterio de la Resurrección de la Carne; y es obvio que no conseguimos imaginarnos el cielo con sólo espíritus, sin la presencia viva y temblorosa de las personas que amamos. Muchos cirujanos del Sur afirman que generalmente les cuesta obtener el permiso familiar para hacerles la autopsia a los muertos: los parientes quieren preservar intacto aquel cuerpo que se les va. Y un neuróligo de Nápoles ha escrito que en los manicomios italianos es raro que los locos imaginen ser algo más que hombres: que imaginen ser el Sol, o el invierno o un instrumento musical. Generalmente imaginan ser algo humano, pero subliminado, gigantesco: un famoso inventor, un hombre muy rico, propietario de minas de oro, un hombre muy guapo que conquista a todas la mujeres o simplemente esto: un gigante. Por otra parte, la escultura griega y romanan consistió en esto: en la exaltación de la figura del hombre, en perpetuar la facha de éste por medio de material noble y resistente.
En política, seguimos al hombre y no a la idea. Si el hombre que dirige nos defrauda, nos defrauda el sistema que este hombre encarnaba. En el Sur abunda la gente que deja de practicar la religión y hasta de creer en Dios porque un día en el confesionario fueron objeto de un par de preguntas insolentes. En el Sur cultivamos la apariencia y en nuestros pueblos y ciudades hay más barberías que librerías.
Ser guapo o ser feo resulta aquí importante. "¡Pobre chica!- decimos- ¡Qué fea es! No se casará." Aunque posea un caudal de hermosas cualidades nos tememos que no se casará. Una de las fórmulas más admirativas de nuestro lenguaje es:"Es un tipo con toda la barba" El pelo y el vello como signos de la masculinidad. Un miliciano al que preguntaron por qué había matado al notario de su pueblo contestó: "Por feo."
Las consecuencias de esta actitud son múltiples. En primer lugar, los meridionales hablamos mucho. ¡Hay tantos hombres a quienes juzgar! Callar es la peor tortura para el hombre del Sur, una de cuyas leyendas imagina que el Infierno es el lugar del gran Silencio. Aquí se habla en los trenes, en los cafés, ¡en los mercados!, en los teatros y en el cine, en la calle, a cuarenta grados de calor. Hablan los albañiles en los andamios- y si no pueden hablar, cantan- ¡y hablan los bañistas en el agua! Se habla en las iglesias y en los entierros y si en una terturlia se producen diez segundos de silencio la tirantez de la atmósfera se vuelve asfixiante. Las expresiones que aluden a la lengua son innumerables: "Se ha ido de la lengua, calla la boca, ¡quien calla otorga! "Alguien escribió que en los países meridionales, los mudos se sentían mucho más desgraciados que los mudos en los países nórdicos.
Otra consecuencia de vital importancia, es que olvidamos las demás especies. Lo que no sea hablar del hombre nos aburre. Excepto entre campesinos, o entre especialistas obligados a ello por su profesión, raramente los meridionales hablamos de animales, de plantas o de minerales. Ignoramos a los animales y en muchos casos, los despreciamos. Los gatos y los pájaros huyen cuando nos acercamos a ellos y entre nosotros hacer algo malo es hacer "una perrería". Hay un cuento del norte de Rusia en que el autor, para castigar a los animales, los envía a países del Sur. Los meridionales ignoramos los nombres de los árboles, de las plantas, de las flores. Y la contemplación de la naturaleza nos fatiga a los pocos minutos. Inclusos los alpinistas, al llegar a la cumbre de la montaña, lo que hacen es respirar hondo y ponerse a charlar; a hablar de los conocidos que se quedaron en la ciudad. "Basta ya de puesta de sol, ¿no te parece?" En cuanto a los minerales, no existen para nosotros. Las piedras son sólo piedras, piedras y nada más, y si alguien nos dice que a lo mejor también tienen su vida interior, que al pronto desconocemos, soltamos la carcajada. En toda la prensa humorística del Sur hasta hace poco se ha ridiculizado a los astrónomos. Ahora, gracias a los sputniks, a la balística sideral, empiezan a inspirar respeto. ¡Bueno, nos aburren los objetos, nuestros objetos, excepto si emocionalmente podemos relacionarlos con una persona! Ello es una de las causas por las cuales nuestros hogares suelen ser tan poco acogedores. También nos aburren las ideas abstractas, los juegos del pensamiento, porque el pensamiento es algo que no se puede palpar. España, en este sentido, es también arquetipo. España ha dado escasísimos filósofos- ninguno genial- y en cambio muchos pintores retratistas, muchos imagineros y talladores de la madera y del hierro. Es decir, ha dado muchas manos que han sabido palpar.
¿Cuáles son las causas de que el hombre meridional sea así y no de otra manera? Tantas como las arenas del mar. La exuberante mímica de los habitantes de Roma parece tener su origen en las antiguas pantomimas italianas. La evidente vulgaridad de la raza en algunos sectores del sur de Francia- en el Rosellón, por ejemplo- generalmente se atribuye al abuso del vino tinto. Es decir, para cada faceta de cada población cabría encontrar un antecedente. Sin embargo, hemos de buscar algún denominador común y se me ocurren cuatro:
Primero; el Hombre del Mediterráneo pesó tanto en la Historia, que le quedan aún resabios de orgullo y de pundonor.El hombre del Mediterráneo fue el primero en los juegos, en la guerra, en la filosofía y el Derecho, y siente todavía la vanidad de ser Hombre.
Segundo: la situación económica que atraviesa desde hace siglos, la pobreza. Ello le lleva a vigilar atenta y crispadamente al vecino, pues éste puede ganarle las oposiciones o apoderarse del mejor sitio para mendigar. El hombre está, en el Sur, siempre presente. Es el competidor, el que puede robarnos el pan. Ello atrofia nuestra necesidad de defensa y estimula los reflejos de la envidia, de los celos y de la crítica sin piedad. "Aquí el que no corre, vuela", es frase corriente. "Quien pega primero, pega dos veces." Por otra parte, la pobreza significa vivienda pobre y la vivienda pobre significa amontonamiento, promiscuidad. "Vivir en cuevas" Es la ley del Sur. El hombre - el pariente o el vecino- siempre presentes. Hay muchas casas del Sur- incluso de gente adinerada- que por dentro son cuevas. Ocho seres amontonados en una cocina no pueden hacer más que observarse, como en las cárceles. Además, el que no dispone de otro bien que el de la persona, sólo de personas puede hablar.
En tercer lugar, influye el clima. El clima benigno contribuye en gran medida a la presencia primordial del hombre. El clima del Sur invita a la vida callejera y a la plática, a la tertulia en la terraza y en el café. El hombre se acostumbra a hablar, a conversar con otros hombres. Se crea el hábito y se pierde el interés por la vida solitaria, por coleccionar pipar o por leer al amor de la lumbre. Además el clima del Sur invita a la pereza. En el Sur el trabajo es considerado un castigo, primero porque la esclavitud nos ha herido muy de cerca y luego porque nos obliga a prestar atención a cosas que nos aburren. El que no trabaja es, en el Sur, un vivo; en cambio en el Norte es considerado un muerto, un parásito. En el Sur se ha trabajado tanto por tan poco dinero que no trabajar es, todavía, darse la gran vida; y para las criadas andaluzas es gran señora la que se levanta de la cama a la hora de almuerzo.
He dejado para el final la causalidad religiosa, el catolicismo. Ignoro si es la causa más importante, tal vez lo sea. El catolicismo, por supuesto, late en la base de la sobrevaloración del hombre, pues no deja de insistir en que "el hombre es el REY de la creación". Sólo el hombre tiene alma racional- no la tienen ni los perros, ni las plantas, ni los astros-; el hombre es, pues, no ya lo más importante sino lo único importante."¿Para qué apegarte a las cosas de este mundo si al final lo habrás de dejar?" Los meridionales llevamos esta pregunta en la sangre; aunque hay que reconocer que el paganismo griego llegó, por otros caminos, a conclusiones similares. El catolicismo, en la aplicación práctica que de él hemos hecho, somete la creación entera al hombre. Los animales han de servirlo, y entre nosotros hay todavía pueblos en los cuales los perros que no sirven ni para la caza ni para la vigilancia son ahorcados en un árbol. En la Biblia el pecado es una serpiente y en el Evangelio se sacrifican los corderos y se maldice a una higuera; de todo lo cual hemos sacado exageradas conclusiones. La existencia en nosotros de una entidad eterna, llamada alma, nos lleva a desestimar el resto, relegándolo a un plano exageradamente inferior. Olvidando que el símbolo del Espíritu Santo es una paloma. Que Jesús entró en Jerusalén montado en un pollino. Y que Cristo murió en una cruz hecha con la madera de un árbol.
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